Y las esposas de los emires y de los mercaderes ricos contestaron: «¡El nombre de Alah sobre ti y á tu alrededor! Pero ¡oh madre de Grano-de-Belleza! ¿cómo es que nunca hasta hoy nos enseñaste á tu hijo?»

Entonces la esposa de Schamseddin empezó por levantarse, y besó á su hijo en los ojos, y le despidió para que no estorbase más á las invitadas, y después les dijo: «Su padre mandó criarle en el subterráneo de nuestra casa, para librarle del mal de ojo. Y ha resuelto no enseñarle hasta que le haya crecido la barba, por lo mucho que teme llamar sobre él peligros y malos influjos. Y si ha salido ahora, debe ser por culpa de algún eunuco que se habrá olvidado de cerrar la puerta.»

Oídas estas palabras, las convidadas felicitaron mucho á la esposa del síndico por tener un hijo tan hermoso, y le desearon las bendiciones del Altísimo, y luego se fueron.

Entonces Grano-de-Belleza volvió junto á su madre, y al ver que los esclavos enjaezaban una mula, preguntó: «¿Para quién es esa mula?» Ella contestó: «Para ir á buscar á tu padre al zoco.» Él preguntó: «¿Y cuál es el oficio de mi padre?» Ella dijo: «Tu padre, ¡ojos míos! es un gran comerciante y síndico de todos los mercaderes del Cairo, y proveedor del sultán de los árabes y de todos los reyes musulmanes. Y para que te formes idea de la importancia de tu padre, sabe que los compradores no se dirigen á él mas que para grandes negocios, cuyo importe pase de mil dinares; pero si el negocio es menos, aunque se trate de novecientos noventa y nueve dinares, se ocupan de ello los empleados de tu padre, sin molestarle. Y no hay mercancía ni cargamento que pueda entrar en El Cairo ni salir sin que antes se entere tu padre y le pidan parecer. Alah ha otorgado á tu padre ¡oh hijo mío! riquezas incalculables. ¡Démosle gracias!»

Grano-de-Belleza contestó: «¡Sí! ¡Loor á Alah, que me ha hecho nacer hijo del síndico de los mercaderes! ¡Por eso ya no quiero pasar la vida encerrado, lejos de todas las miradas, y desde mañana tengo que ir al zoco con mi padre!» Y la madre contestó: «¡Alah te oiga, hijo mío! En cuanto vuelva tu padre se lo diré.»

Y en cuanto Schamseddin volvió, su esposa le refirió lo que acababa de ocurrir, y le dijo: «Ya es tiempo de que nuestro hijo vaya al zoco contigo.» El síndico respondió: «¡Oh madre de Grano-de-Belleza! ¿Ignoras que el mal de ojo es una realidad de las más amargas y lamentables y que no se pueden gastar bromas con cosas tan serias? ¿Olvidaste la suerte del hijo de nuestro vecino y la de otros muchos, víctimas del mal de ojo? ¡Te prevengo que la mitad de los muertos que están enterrados han perecido del mal de ojo!»

La mujer del síndico contestó: «¡Oh padre de Grano-de-Belleza! ¡Realmente el destino del hombre está sujeto á su cuello! ¿Cómo ha de poder librarse de él? Y la cosa escrita no puede borrarse, y el hijo seguirá el mismo camino que su padre en vida y en muerte. ¡Y lo que existe hoy ya no existirá mañana! ¡Y piensa en las consecuencias funestas de que nuestro hijo sea víctima algún día por culpa tuya! Efectivamente, cuando, después de una vida que te deseo larga y siempre bendita, te hayas muerto, nadie querrá reconocer á nuestro hijo por heredero legítimo de tus riquezas y propiedades, puesto que hasta hoy todo el mundo ignora su existencia. Y de tal suerte, el Tesoro del Estado se apoderará de todos tus bienes y desposeerá á tu hijo sin remedio. Y por mucho que yo invoque el testimonio de los ancianos, los ancianos tendrán que decir: «Nunca nos hemos enterado de que el síndico Schamseddin tuviera ningún hijo ni hija.» Palabras tan sensatas hicieron reflexionar al síndico, que contestó al cabo de un rato: «¡Por Alah! ¡Tienes razón, ¡oh mujer! Mañana mismo llevaré conmigo á Grano-de-Belleza, y le enseñaré á vender y comprar, y las negociaciones, y todos los elementos del oficio.» Después se volvió hacia Grano-de-Belleza, transportado de alegría por aquella noticia, y le dijo: «Ya sé que te encanta ir conmigo. ¡Pero sabe, hijo mío, que en el zoco hay que ser muy formal y tener los ojos bajos con modestia! ¡Espero, pues, que pongas en práctica las sabias lecciones de tus maestros y los buenos principios en que te has criado!»

Al día siguiente, el síndico Schamseddin, antes de llevar á su hijo al zoco, le hizo entrar en el hammam...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.