PERO CUANDO LLEGÓ
LA 254.ª NOCHE

Ella dijo:

...le hizo entrar en el hammam, y después del baño lo vistió con un traje de raso blanco, el mejor que tenía en el almacén, y le ciñó la frente con un turbante ligero de tela con rayas finas de seda dorada. Después de lo cual, ambos tomaron un bocado y bebieron un vaso de sorbete, y ya refrescados, salieron del hammam. El síndico cabalgó en la mula blanca que sujetaban los esclavos y puso á la grupa á su hijo Grano-de-Belleza, cuya frescura de tez se había hecho todavía más notable y cuyos brillantes ojos habrían seducido á los mismos ángeles. Después, montados ambos en la mula y seguidos por los esclavos, que llevaban ropón nuevo, emprendieron el camino del zoco.

Al verles, todos los mercaderes del zoco y todos los compradores y vendedores quedaron maravillados, y se decían unos á otros: «¡Ya Alah! ¡Mirad al muchacho! ¡Es como la luna en la noche décimacuarta!» Y otros decían: «¿Quién será ese niño delicioso que está detrás del síndico Schamseddin? ¡Nunca le habíamos visto!»

Mientras surgían tales exclamaciones al paso de la mula montada por el síndico y Grano-de-Belleza, acertó á pasar el corredor Sésamo por el zoco, y vió asimismo al muchacho. Y Sésamo, á fuerza de libertinaje y de excesos de opio y haschich, había acabado por perder completamente la memoria, y ni siquiera se acordaba de la curación que había logrado en otro tiempo por medio de la milagrosa mixtura á base de almizcle, copaiba y tantas cosas excelentes.

Y al ver al síndico en compañía de aquel hermoso joven, empezó á sonreírse con socarronería y á gastar bromas picantes acerca de ellos, diciendo á los mercaderes que le oían: «¡Mirad al viejo de barbas blancas! ¡Es lo mismo que el perro! ¡Blanco por fuera y verde por dentro!» E iba de un mercader á otro, repitiendo á todos sus chanzas y chistes, hasta que no quedó uno en el zoco que no tuviera la certeza de que el síndico Schamseddin tenía en su tienda á un joven mameluco para su placer.

Cuando estos rumores llegaron á oídos de los notables y de los principales mercaderes, se celebró una reunión de los de más edad y más respetados entre ellos, para juzgar el caso de su síndico. Y en medio de la asamblea peroraba Sésamo y hacía grandes ademanes de indignación, y decía: «¡Ya no queremos tener en adelante á nuestra cabeza, como síndico del zoco, á esa barba viciosa que se roza en secreto con los muchachitos! Y desde hoy vamos á abstenernos de ir á recitar antes de abrir las tiendas, según solíamos hacer por las mañanas, los siete versículos sagrados de la Fatiha en presencia del síndico. ¡Y no terminará el día sin que elijamos otro síndico que sea un poco menos aficionado á los muchachos que ese viejo!»

En cuanto al buen Schamseddin, cuando vió que pasaba la hora sin que los mercaderes y corredores fuesen á recitar delante de él los versículos rituales de la Fatiha, no supo á qué atribuir aquel descuido tan grave y tan contrario á la tradición. Y como viese al famoso Sésamo, que le miraba con el rabillo del ojo, le hizo seña de que se acercara para decirle dos palabras. Y Sésamo, que sólo aguardaba aquella seña, se acercó, pero lentamente y tomándose tiempo, arrastrando los pies, y no sin dirigir á derecha é izquierda sonrisas de inteligencia á los tenderos, que no le quitaban ojo, pues la curiosidad les tenía suspensos y hacíales desear la solución de aquel asunto que para ellos era muy capital.

Y Sésamo, al ver que en él convergían todas las miradas y la atención general, llegó contoneándose, hasta apoyarse en el mostrador de la tienda; y Schamseddin le preguntó: «Dime, Sésamo, ¿cómo es que los mercaderes, con el jeque á la cabeza, no han venido á recitar delante de mí los versículos del primer capítulo del Korán?» Sésamo contestó: «¡Así, de pronto, no lo sé! ¡Hay rumores que corren por el zoco, rumores... ¿cómo te lo explicaría yo?... rumores!... ¡De todos modos, lo que sé muy bien es que se ha formado un partido compuesto por los principales jeques, que ha resuelto destituirte y dar á otro el cargo de síndico!»