Al oir estas palabras, el buen Schamseddin mudó de color, y en tono mesurado y grave, preguntó: «¿Y puedes decirme siquiera en qué se fundamenta esta decisión?» Sésamo le guiñó el ojo, movió las caderas, y contestó: «¡Oh mi anciano jeque, no bromees! ¡Mejor lo sabes tú que nadie! ¡Ese hermoso joven que tienes en la tienda no estará allí para espantar las moscas! De cualquier modo, sabe que yo, á pesar de todo, he sido el único que te defendió en la asamblea, y dije que no eras aficionado á muchachos, cosa que habría sido yo el primero en saber, pues tengo relaciones amistosas con todos los que se dedican con preferencia á ese sexo ácido. Y además he añadido que este joven debería ser algún pariente de tu esposa ó el hijo de alguno de tus amigos de Tantah, Mansurah ó Bagdad, que había venido á tu casa para negocios. Pero la asamblea entera se ha vuelto contra mí y ha votado tu destitución. ¡Alah es el más grande, ¡oh jeque! Para consolarte te queda ese joven, por lo cual, aquí para entre nosotros, te felicito. ¡Verdaderamente, es muy hermoso!...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 255.ª NOCHE

Ella dijo:

»...ese joven, por lo cual, aquí para entre nosotros, te felicito. ¡Verdaderamente, es muy hermoso!»

Al oir estas palabras de Sésamo, el síndico Schamseddin ya no pudo reprimir su indignación, y exclamó: «¡Oh tú, el más corrompido de los libertinos! ¿No sabes que es mi hijo? ¿Dónde está tu memoria, comedor de haschich?» Pero Sésamo respondió: «¡A mí no me la das! ¿Es que va á haber salido del vientre de su madre ahora y tal como está este muchacho de catorce años?» Schamseddin replicó: «Pero ¡oh Sésamo! ¿ya no te acuerdas de que tú mismo, hace catorce años, me trajiste aquella milagrosa mixtura que espesa los compañones y concentra el jugo? ¡Por Alah! ¡Gracias á ella pude conocer la fecundidad y Alah me ha dotado de un hijo! Y tú nunca volviste á pedirme noticias de aquella curación. En cuanto á mí, por temor al mal de ojo, he criado á este niño en el subterráneo de nuestra casa, y esta es la primera vez que sale conmigo. Pues aunque mi primera intención era que no saliera hasta que se hubiera podido coger las barbas con las manos, su madre me ha decidido á traerle conmigo para enseñarle el oficio y ponerle al corriente de los negocios, en previsión del porvenir.» Después añadió: «¡En cuanto á ti, Sésamo, me alegro de encontrarte, al fin y al cabo, para saldar mi deuda! ¡Toma mil dinares por el favor que me hiciste gracias á tu droga admirable!»

Cuando Sésamo oyó estas palabras, ya no dudó de la verdad, y corrió á desengañar á todos los mercaderes del zoco, que en seguida se apresuraron á acudir, primero para felicitar á su síndico, y después para disculparse del retraso en la oración de apertura, que inmediatamente recitaron entre sus manos.

Tras de lo cual, Sésamo tomó la palabra en nombre de todos, y dijo: «¡Oh nuestro venerable síndico! ¡Conserve Alah para nuestro afecto el tronco y las ramas! ¡Y florezcan las ramas á su vez, y den fruto oloroso y dorado! Pero ¡oh nuestro síndico! generalmente, hasta los mismos pobres, cuando les nace un hijo, mandan hacer dulces y los reparten entre amigos y vecinos; ¡y nosotros no nos hemos endulzado el paladar con la pasta amasada con manteca y miel, que es tan grato saborear, haciendo votos por la felicidad del recién nacido! ¿Cuándo nos darás un caldero de esa excelente assida?»