Así vieron cantidad innumerable de muchachas griegas, abisinias, chinas y persas; y ya se iban á retirar sin haber elegido ninguna, cuando el mismo jefe de los corredores pasó el último, llevando de la mano á una joven con la cara destapada, más hermosa que la luna llena del mes de Ramadán.

Al verla, Gordo-Hinchado empezó á resollar con fuerza para expresar su deseo, y le dijo á su padre, el emir Khaled: «¡Esa es la que necesito!» Y por su parte, Giafar preguntó á Grano-de-Belleza: «¿Te conviene esa?» Y el otro respondió: «Es la que elijo.»

Entonces Giafar preguntó á la joven: «¿Cómo te llamas, ¡oh esclava gentil!?» Ella contestó: «¡Oh mi señor! Yazmina.» Y el visir preguntó al corredor: «¿En cuánto está tasada Yazmina?» El corredor dijo: «En cinco mil dinares, ¡oh mi amo!» Y Gordo-Hinchado gritó: «¡Ofrezco seis mil!»

En aquel momento se adelantó Grano-de-Belleza, y dijo: «¡Ofrezco ocho mil!» Entonces Gordo-Hinchado resolló con rabia, y exclamó: «¡Ocho mil un dinares!» Giafar dijo: «¡Nueve mil uno!» Pero Grano-de-Belleza dijo: «¡Diez mil dinares!»

Y el corredor, temiendo que se arrepintiera alguno, dijo: «¡Adjudicada en diez mil dinares la esclava Yazmina!» Y se la entregó á Grano-de-Belleza.

Al ver aquello, Gordo-Hinchado se cayó, azotando el aire con pies y manos, y desconsolando á su padre el emir Khaled, que no le había llevado al zoco mas que por complacer á su esposa, pues le detestaba por idiota y feo.

En cuanto á Grano-de-Belleza, tras de dar las gracias al visir Giafar, se llevó á Yazmina, y la amó, y ella le amó también. Y después de haberla presentado á su esposa Zobeida, que la encontró simpática y le felicitó por su elección, se unió con ella legítimamente, tomándola como segunda esposa. Y durmió con ella aquella noche, y la fecundó, como se demostrará más adelante.

Y vamos ahora con Gordo-Hinchado.

Cuando á fuerza de promesas y mimos lograron llevarle á su casa, se tiró sobre el diván, y no quiso levantarse para comer ni beber, y por otra parte, casi había perdido la razón.

Mientras todas las mujeres de la casa, consternadas, rodeaban á la madre de Gordo-Hinchado, que había llegado á los límites de la perplejidad, entró una vieja, que era la madre de un ladrón famoso, sentenciado entonces á prisión perpetua, y conocido de toda Bagdad con el sobrenombre de Ahmed-la-Tiña.