Este Ahmed-la-Tiña era tan diestro en el arte de robar, que para él constituía cosa de juego apoderarse de una puerta en las narices del portero y hacerla desaparecer en un momento como si se la tragase, perforar las paredes delante de un casero fingiendo orinar, arrancarle las pestañas á un individuo sin que lo notara, y limpiar de kohl los ojos de una mujer sin que se enterase ella.

La madre de Ahmed-la-Tiña entró en el aposento de la de Gordo-Hinchado, y después de las zalemas, le preguntó: «¿Cuál es la causa de tu aflicción, ¡oh mi señora!? ¿Y qué mal padece mi joven amo, tu hijo, á quien Alah conserve?» Entonces la madre de Gordo-Hinchado contó á aquella vieja, que hacía tiempo la proveía de criadas, la contrariedad que les ponía á todos en tal estado. Y la madre de Ahmed-la-Tiña exclamó: «¡Oh mi señora! Únicamente mi hijo os puede sacar del paso; ¡lo juro por tu vida! Trata de lograr que le suelten, y ya sabrá inventar un medio de traer á la bella Yazmina á los brazos de nuestro joven amo, tu hijo. Porque ya sabes que mi pobre hijo se halla encadenado y tiene en los pies una argolla de hierro, en la cual están grabadas estas palabras: «Cadena perpetua.» ¡Y todo por haber fabricado moneda falsa!» Y la madre de Gordo-Hinchado prometió protegerle.

Efectivamente, aquella misma noche, cuando su esposo el walí, de regreso en su casa, fué á buscarla después de cenar, se había ella arreglado y perfumado, adoptando un aspecto amable. Y el emir Khaled, que era un hombre muy bueno, no pudo resistir el deseo que provocaba en él la contemplación de su mujer, y quiso poseerla; pero ella se resistió, diciendo: «¡Júrame por el divorcio, que me concederás lo que te pida!» Y se lo juró. Entonces ella le enterneció hablándole de la desgracia de la anciana madre del ladrón, y logró de él la promesa de que le soltarían. Y entonces dejó que la montara el esposo.

Y á la mañana siguiente, el emir Khaled, después de las abluciones y la oración, se fué á la cárcel en que estaba encerrado Ahmed-la-Tiña, y le preguntó: «¿Y qué, bandido, te arrepientes de tus pasadas fechorías?» Y el otro contestó: «Me arrepiento, y lo proclamo con la palabra como lo pienso con el corazón.» Entonces el walí le sacó de la cárcel y le llevó ante el califa, que se quedó asombrado al verle vivo todavía, y le preguntó: «¿Y cómo no te has muerto aún, bandido?» El otro contestó: «¡Por Alah, oh Emir de los Creyentes, la vida de los malos es muy dura de pelar!» Entonces el califa se echó á reir á carcajadas, y dijo: «¡Manden venir al herrero para que le quite la argolla!» Y luego dijo: «Como estoy enterado de tus hazañas, voy á ayudarte ahora á persistir en tu arrepentimiento, y como eres el que más conoce á los ladrones, te nombro jefe de vigilancia de Bagdad.» Y en seguida el califa mandó promulgar un edicto nombrando á Ahmed-la-Tiña jefe de vigilancia. Entonces Ahmed besó la mano al califa y en seguida empezó á ejercer sus funciones.

Y para festejar alegremente su libertad y su nuevo cargo, principió por ir á la taberna regida por el judío Abraham, testigo de sus pasadas hazañas, vaciando dos ó tres frascos de su bebida favorita, vino jónico excelente. Y cuando su madre fué á buscarle para hablarle de la gratitud qne debía manifestar siempre á la esposa del emir Khaled y madre de Gordo-Hinchado, que había sido la causante de su libertad, le encontró medio borracho y tirándole de las barbas al judío, que no se atrevía á protestar por respeto al cargo temible del antiguo Ahmed-la-Tiña, actual jefe de vigilancia.

De todos modos, la vieja logró sacarle de allí, y hablándole reservadamente, le contó cuantas incidencias motivaron su libertad, y le dijo que había que discurrir inmediatamente algo para quitar la esclava á Grano-de-Belleza, gobernador de palacio.

Oídas estas palabras, Ahmed-la-Tiña dijo á su madre: «Se hará esta misma noche, pues es facilísimo.» Y la dejó para ir á preparar el golpe...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 268.ª NOCHE