Ella dijo:
...Y la dejó para ir á preparar el golpe.
Y hay que advertir que aquella noche el califa había entrado en el aposento de su esposa porque era el primer día del mes, y reservaba con regularidad aquel día para hablar con ella de los asuntos corrientes y preguntarle su opinión sobre todas las cuestiones generales y particulares del Imperio. Efectivamente, cifraba en ella una confianza ilimitada, y la quería por su cordura y su belleza inextinguible. Pero también hay que advertir que antes de entrar en la habitación de su esposa el califa tenía la costumbre de dejar en el vestíbulo, encima de un velador especial, un rosario de cuentas alternadas de ámbar y turquesas, su alfanje recto, con empuñadura de jade incrustada de rubíes gordos como huevos de paloma, su sello regio y una lamparita de oro adornada con pedrería, que le alumbraba cuando por las noches inspeccionaba secretamente el palacio.
Ahmed-la-Tiña conocía todos estos pormenores, que le sirvieron para realizar su proyecto. Aguardó las tinieblas de la noche y el sueño de los esclavos para colgar una escala de cuerda á lo largo del muro del pabellón que servía de aposento á la esposa del califa, trepar por ella y penetrar silencioso como una sombra en el vestíbulo. Llegado allí, se apoderó en un momento de los cuatro objetos preciosos, y se apresuró á bajar por donde había subido.
Desde allí corrió á casa de Grano-de-Belleza, y por el mismo medio penetró en el patio, y sin hacer el menor ruido quitó uno de los baldosines de mármol del pavimento, abrió rápidamente un hoyo y allí metió los objetos robados. Y después de haberlo dejado todo en orden, desapareció para seguir bebiendo en la taberna del judío Abraham.
Sin embargo, Ahmed-la-Tiña, á fuer de perfecto ladrón, no había podido resistir al deseo de apropiarse uno de los objetos preciosos. Por lo tanto, había separado la lamparita de oro, y en vez de enterrarla con lo demás en el hoyo, se la había metido en el bolsillo, diciendo para sí: «¡No acostumbro á dejar de cobrar la comisión! ¡Me pagaré á mí mismo!»
Volviendo al califa, grande fué su sorpresa cuando por la mañana ya no encontró en el velador los cuatro objetos preciosos. Y cuando, interrogados los eunucos, se tiraron de bruces al suelo, protestando de su ignorancia, le entró al califa una cólera sin límites, de tal modo, que se puso inmediatamente el terrible ropón del furor. El tal ropón era todo de seda roja, y cuando el califa se lo ponía era señal de seguro desastre y de calamidades espantosas sobre la cabeza de cuantos le rodeaban.
Revestido el califa con el ropón rojo, entró en el diván y se sentó en el trono, solo en el salón. Y todos los chambelanes y visires entraron uno por uno y se prosternaron con la cara contra el suelo, y permanecieron en tal postura, menos Giafar, que, aunque muy pálido, estaba erguido, con los ojos fijos en los pies del califa.
Pasada una hora de espantable silencio, el califa miró á Giafar impasible, y le dijo con voz sorda: «¡La copa hierve!» Giafar contestó: «¡Alah evite todo mal!»
Pero en aquel momento entró el walí acompañado de Ahmed-la-Tiña. Y el califa le dijo: «¡Acércate, emir Khaled! Dime cómo está la tranquilidad pública en Bagdad.» El walí, padre de Gordo-Hinchado, contestó: «La tranquilidad es perfecta en Bagdad, ¡oh Emir de los Creyentes!» El califa exclamó: «¡Mientes!» Y como el walí, trastornado, aún no sabía el origen de aquella ira, Giafar, que estaba á su lado, le deslizó al oído en dos palabras el motivo, acabando de consternarle. Después le dijo el califa: «¡Si antes de esta noche no has podido dar con los objetos preciosos que me son más queridos que mi reino, colgaremos tu cabeza á la puerta de palacio!»