Mas yo me llevo, en mi viaje eterno,

¡lo que la Tierra tiene de más bello!..»

— ¡Magnífico! — exclamó Evda Nal, irguiéndose sobre las rodillas —. Un poeta contemporáneo no hablaría con más claridad de la fuerza del tiempo. Me gustaría saber cuál de los dones de la Tierra consideraba mejor y se llevó consigo, en sus pensamientos, antes de la muerte.

A lo lejos, apareció una canoa, de plástico transparente, con dos personas.

— Son Miiko y Sherlis, un mecánico del lugar. No; me he equivocado — rectificó Veda —. ¡Es el propio Frit Don, el jefe de la expedición marítima! Hasta la noche, Veter, se quedarán solos los tres. Yo me llevo a Evda.

Las dos mujeres corrieron hacia las leves olas y empezaron a nadar juntas en dirección al islote. La canoa viró hacia ellas, pero Veda le hizo con la mano señas de que siguiera adelante. Ren Boz, inmóvil, observaba embelesado a las nadadoras.

— ¡Despiértese, Ren, y hablemos del asunto! — le gritó Mven Mas, y el físico sonrió turbado y dócil.

La explanada de arena compacta, entre dos cadenas rocosas, se convirtió en sala de conferencias científicas. Ren Boz, armado de un trozo de concha, escribía y trazaba.

Excitado, se echaba de bruces sobre la arena, para borrar con su cuerpo lo trazado en ella, y reemprendía su obra. Mven Mas mostraba su asentimiento o animaba al físico con breves exclamaciones. Dar Veter, hincados los codos en las rodillas, se enjugaba el sudor que asomaba a su frente a causa del esfuerzo para comprender al que hablaba. Por fin, el físico pelirrojo calló y, jadeante, se sentó en la arena.

— Sí, Ren Boz — dijo Dar Veter, después de un prolongado silencio —; ¡ha hecho usted un gran descubrimiento!