La médica asintió con la cabeza.
Erg Noor le tendió la mano, agradecido, y denegó:
— Yo no renuncio a la riqueza de mis sentimientos por mucho que me hagan sufrir. Los padecimientos, cuando no son superiores a las propias fuerzas, llevan a la comprensión, y ésta, al amor. Tal es el ciclo… Gracias, Luma, es usted muy buena, ¡pero no hace falta ese remedio!
E impetuoso como siempre, salió de la estancia.
Con la premura de los casos de avería, los ingenieros y los mecánicos electrónicos reinstalaron en el puesto central y en la biblioteca, igual que trece años antes, las pantallas de TVF para transmisiones terrestres. La astronave había entrado en la zona donde se podían captar las radioondas de la red universal de la Tierra, difundidas por la atmósfera.
Las voces, los sonidos, las formas, los colores del planeta natal y querido reanimaban a los viajeros, aguijoneando su impaciencia, y la duración del vuelo cósmico se hacía cada vez más insoportable.
La astronave llamaba al satélite artificial 57 por la onda habitual de los largos espacios intersiderales y esperaba, de hora en hora, la respuesta de aquella potente estación entre la Tierra y el Cosmos.
Por fin, la llamada de la astronave llegó a la Tierra.
Toda la tripulación permanecía en vela junto a los receptores de radio. ¡Era el retorno a la vida después de trece años terrestres, o nueve dependientes, sin comunicación con el planeta en que nacieran! La gente escuchaba con insaciable avidez las informaciones terrestres. Por la red universal se discutían las nuevas e importantes cuestiones que, como de costumbre, planteaba todo el que quería.
Una propuesta, captada casualmente, del agrólogo Heb Ur había suscitado una discusión de seis semanas y los cálculos más complejos.