«Propuesta de Heb Ur. ¡Examínenla!» — resonaba la voz de la Tierra —. «Todos los que hayan meditado sobre el particular y trabajado en este aspecto, cuantos tengan ideas coincidentes o hayan llegado a conclusiones opuestas, ¡que digan su opinión!» La fórmula acostumbrada de las amplias discusiones públicas llenaba de júbilo a los viajeros. Heb Ur había propuesto al Consejo de Astronáutica un estudio sistemático de los planetas accesibles de las estrellas azules y verdes. A su parecer, aquellos eran mundos singulares, con radiaciones de gran potencia capaces de estimular químicamente los compuestos minerales, inertes en las condiciones terrestres, a la lucha contra la entropía, es decir, a la vida. Ciertas formas especiales de vida de minerales más pesados que los gases se tornarían activas bajo los efectos de las elevadas temperaturas e intensas radiaciones de las estrellas de las clases espectrales superiores. Heb Ur consideraba natural el fracaso de la expedición a Sirio, que no descubrió allí rastro alguno de vida, porque esta estrella de rápida rotación era doble y carecía de un campo magnético potente. Nadie discutía con Heb Ur respecto a que las estrellas dobles no podían ser generadoras de sistemas planetarios del Cosmos, pero la esencia de la propuesta suscitó una viva oposición por parte de los tripulantes de la Tantra.
Los astrónomos de la expedición, con Erg Noor a la cabeza, redactaron y enviaron un mensaje en el que se expresaba la opinión de los primeros hombres que habían visto Vega en el filme rodado por los del Argos.
Y los terrícolas oyeron maravillados la voz de la astronave que se aproximaba.
La Tantra era contraria al envío de una expedición siguiendo los principios de Heb Ur.
Las estrellas azules emitían en efecto una cantidad de energía, por unidad de superficie de sus planetas, suficiente para la vida de compuestos pesados. Pero cualquier organismo vivo era un filtro y una presa de energía que contrarrestaba la segunda ley de la termodinámica o entropía, creando estructuras, propiciando una gran complicación de las moléculas minerales y gaseosas simples. Esa complicación sólo podía surgir en un proceso de desarrollo histórico de enorme duración y, por consiguiente, a base de condiciones físicas muy constantes. Y precisamente esas condiciones faltaban en los planetas de las estrellas de elevadas temperaturas, donde las ráfagas y torbellinos de potentísimas radiaciones destruían rápidamente los compuestos complejos. Allí no había nada largamente duradero, ni podía haberlo, pese a que los minerales adquirían la estructura cristalina más estable en la red atómica cúbica.
En opinión de la Tantra, Heb Ur repetía el razonamiento unilateral de los antiguos astrónomos, que no comprendían la dinámica del desarrollo de los planetas. Cada planeta perdía sus elementos ligeros, los cuales lanzábanse al espacio para dispersarse en él.
Dicho fenómeno se producía especialmente bajo el tremendo calor de los soles azules y la presión de sus irradiaciones.
La Tantra citaba ejemplos y terminaba afirmando que el proceso de aumento de pesantez de los planetas de las estrellas azules impedía que surgiesen en ellos formas de vida.
El satélite artificial 57 transmitió directamente las objeciones de los científicos de la astronave al observatorio del Consejo.
Al fin llegó el instante que con tanta impaciencia esperaban Ingrid Ditra y Key Ber, como, por cierto, todos los miembros de la expedición. La Tantra empezó a aminorar la velocidad sublumínica de su vuelo y, dejando atrás el cinturón gélido del sistema solar, se aproximó a la estación para astronaves situada en Tritón. Aquella velocidad no era ya precisa, pues desde allí, desde el satélite de Neptuno, la Tantra, volando solamente a novecientos millones de kilómetros por hora, podría llegar a la Tierra en menos de cinco horas. Sin embargo, la aceleración de la arrancada se prolongaba tanto tiempo que, durante él, la nave que emprendiese el vuelo desde Tritón sobrepasaría el Sol y se alejaría a enorme distancia de éste.