A fin de economizar el precioso anamesón y de liberar a los navíos cósmicos de pesados equipos, dentro del sistema se volaba en planetonaves iónicas. Su velocidad no excedía de ochocientos mil kilómetros por hora para los planetas interiores y de dos millones y medio para los exteriores. Un viaje ordinario de Neptuno a la Tierra duraba de setenta y cinco a noventa días.
Tritón, casi tan voluminoso como los gigantescos satélites tercero y cuarto de Júpiter — Ganímedes y Calixto — y el planeta Mercurio, poseía por ello una fina capa atmosférica, compuesta especialmente de ázoe y ácido carbónico.
Erg Noor aterrizó en un polo de Tritón, en el sitio señalado, a cierta distancia del edificio — de anchas cúpulas — de la estación. Los cristales del sanatorio-lazareto refulgían sobre una planicie, al borde de un barranco horadado por las dependencias subterráneas. Allí, en pleno aislamiento de la gente, los viajeros debían guardar cuarentena. Durante la misma, expertos médicos examinaban atentamente sus cuerpos, en los que podía haber anidado alguna nueva infección. El peligro era demasiado grande para menospreciarlo.
Por ello, cuantos habían aterrizado en otros planetas, incluso deshabitados, eran sometidos ineludiblemente a dicha observación, por mucho tiempo que hubieran permanecido en la astronave. El interior de ésta también era inspeccionado por los científicos del sanatorio, antes de que la estación autorizase el regreso a la Tierra. En cuanto a los planetas explorados por la humanidad desde hacía tiempo, como Venus, Marte y algunos asteroides, la cuarentena se guardaba en sus respectivas estaciones, antes de emprender dicho vuelo.
De todos modos, la estancia en el sanatorio era mucho más soportable que en la astronave. Laboratorios de estudios, salas de conciertos, baños combinados de electricidad, música, agua y oscilaciones ondulares, paseos cotidianos, con escafandras ligeras, por las montañas y alrededores del lazareto… Y, por último, se disfrutaba de la comunicación con el planeta natal, no siempre regular, cierto, ¡pero los mensajes sólo tardaban cinco horas en llegar a la Tierra!
El sarcófago de silicol en que yacía Niza lo trasladaron al sanatorio con toda clase de precauciones. Erg Noor y el biólogo Eon Tal fueron los últimos en abandonar la Tantra.
Caminaban con facilidad, a pesar del lastre con que se habían cargado para no dar súbitos saltos a causa de la débil fuerza de gravedad de aquel planeta.
Se apagaron los proyectores que rodeaban el campo de aterrizaje. Tritón pasaba frente a la parte de Neptuno iluminada por el Sol. Y por débil que fuera la luz grisácea reflejada por Neptuno, el gigantesco espejo de este inmenso planeta, que se encontraba solamente a trescientos cincuenta mil kilómetros de Tritón, disipaba las tinieblas creando en su satélite una clara penumbra semejante al crepúsculo primaveral de las altas latitudes de la Tierra. Tritón daba una vuelta en torno a Neptuno — en sentido inverso a la rotación de éste, es decir, de Oriente a Occidente — en casi seis días terrestres, y sus períodos «diurnos» duraban cerca de setenta horas. Entre tanto, Neptuno tenía tiempo de dar cuatro vueltas alrededor de su eje; también la sombra del satélite se deslizaba rauda, perceptiblemente, por el borroso disco.
Casi a la vez, el jefe y el geólogo vieron una pequeña nave posada en la planicie, lejos del borde del barranco. No era un navío cósmico con su mitad posterior abultada y grandes crestas de equilibrio. A juzgar por su muy afilada proa y su estrecho casco, debía ser una planetonave, pero se diferenciaba de los conocidos contornos porque tenía un grueso anillo en la popa y una alta superestructura en forma de huso.
— ¿Hay aquí otra nave en cuarentena? — inquirió Eon en tono casi afirmativo —.