¿Habrá cambiado el Consejo su costumbre?…
— ¿De no enviar nuevas expediciones astrales antes del regreso de las anteriores? — añadió Erg Noor —. En realidad, hemos cumplido los plazos fijados, pero el mensaje que debíamos enviar desde Zirda se ha retrasado dos años.
— Tal vez se trate de una expedición a Neptuno… — conjeturó el biólogo.
Recorrieron los dos kilómetros de camino hasta el sanatorio y subieron a la amplia terraza, revestida de basalto rojo. En el cielo brillaba el diminuto disco del Sol, más refulgente que todas las estrellas. Se le veía bien desde allí, desde el polo del satélite sin movimiento de rotación. Un frío terrible, de ciento setenta grados bajo cero, se sentía a través de la caldeadora escafandra como los habituales rigores de un invierno polar de la Tierra. Grandes copas de amoniaco o de ácido carbónico congelados caían lentamente en la atmósfera inmóvil, dando a los alrededores la serena calma de un nevado paisaje terrestre.
Erg Noor y Eon Tal, como hipnotizados, seguían con la mirada la caída de los copos, igual que hicieran en remotos tiempos sus antepasados, habitantes de las latitudes templadas, para quienes las primeras nieves significaban el fin de las labores agrícolas.
También aquella nieve extraordinaria anunciaba a los dos astronautas la terminación de sus trabajos y de su viaje.
El biólogo, obedeciendo a un sentimiento subconsciente, tendió la mano al jefe.
— Han terminado nuestras peripecias, ¡y estamos sanos y salvos gracias a usted!
Erg Noor denegó con brusco ademán.
— ¿Acaso estamos todos sanos y salvos? ¿Y gracias a quién estoy yo vivo?