El jefe de la expedición miró al lejano Sol, que también iluminaba en aquellos instantes la Tierra. El Sol, eterna esperanza del hombre, desde los tiempos prehistóricos de su existencia en medio de una naturaleza implacable. El Sol, símbolo de la fuerza luminosa de la razón, que disipa las tinieblas y ahuyenta los monstruos de la noche. Y un jubiloso rayo de esperanza alumbró su alma hasta el fin del viaje…
El director de la estación de Tritón fue al sanatorio en busca de Erg Noor. La Tierra llamaba al jefe de la expedición, y la llegada del director al prohibido recinto del lazareto significaba que el aislamiento había terminado y que la Tantra podía coronar su vuelo de trece años. El jefe regresó en seguida, más concentrado que de ordinario.
— Hoy mismo emprendemos el vuelo. Me han pedido que tome seis hombres de la planetonave Amat, que se queda aquí para explorar unos nuevos yacimientos en Plutón.
Nosotros nos llevamos esa expedición y los materiales que ha recogido en dicho planeta.
— Esos seis hombres — continuó — reequiparon una planetonave corriente y han realizado con ella una hazaña sin par. Descendieron al fondo de un verdadero infierno, soportando la densa atmósfera neono-metánica en Plutón. Volaban entre tempestades de nieve amoniacal, con riesgo de estrellarse a cada instante, en la oscuridad, contra las gigantescas agujas de hielo de agua, firme como el acero. Y lograron hallar un lugar en que asomaban unas montañas. El enigma de Plutón ha sido al fin resuelto: ese planeta no pertenece a nuestro sistema solar. Fue capturado por él al paso del Sol a través de la Galaxia. Ésa es la causa de que su densidad sea bastante mayor que la de todos los demás planetas lejanos. Los exploradores han descubierto minerales raros, de un mundo completamente ajeno. Pero más importante aún es que, sobre una cordillera, se han hallado vestigios de unas edificaciones, casi completamente destruidas, que testimonian la existencia de una civilización antiquísima. Los datos recogidos por los exploradores deben ser comprobados, claro está. Todavía hay que demostrar que esos materiales de construcción son obra de seres pensantes… Pero la asombrosa hazaña es indudable. Me siento orgulloso de que nuestra astronave lleve a esos héroes a la Tierra y ardo en deseos de oír sus relatos. Su cuarentena terminó hace tres días… — Erg Noor calló, fatigado de la larga narración.
— ¡Pero ahí hay una grave contradicción! — exclamó Pur Hiss.
— ¡La contradicción es la madre de la verdad! — repuso tranquilamente Erg Noor al astrónomo, repitiendo el viejo aforismo —. Bueno, ¡ya es hora de preparar la Tantra!
La avezada astronave despegó de Tritón con facilidad y partió rauda, siguiendo una gigantesca curva perpendicular al plano de la eclíptica. El camino recto hacia la Tierra era impracticable: cualquier nave habría perecido en la vasta zona de meteoritos y asteroides, fragmentos del planeta Faetón, que existiera en tiempos entre Marte y Júpiter y al que la fuerza de atracción de este coloso del sistema solar había hecho pedazos.
Erg Noor aceleraba. Aprovechando la enorme fuerza de la astronave y con el gasto mínimo de anamesón, había decidido llevar los héroes a la Tierra en cincuenta horas, en vez de en los setenta y dos días señalados habitualmente para ese viaje.
La emisión radiofónica de la Tierra llegaba a la astronave a través del espacio; el planeta aclamaba la victoria sobre las tinieblas de la estrella de hierro y sobre la noche del Plutón glacial. Los compositores ejecutaban sus romanzas y sinfonías en honor de la Tantra y de la Amat.