Triunfales melodías resonaban en el Cosmos. Las estaciones de Marte, de Venus y de los asteroides llamaban a la nave, sumando sus acordes al coro general de gloria a los héroes.

— Tantra, Tantra — oyóse al fin la voz del puesto del Consejo —. ¡Aterrice en El Homra!

El cosmopuerto central se encontraba en África del Norte, en el lugar de un antiguo desierto. Y la astronave se precipitó hacia allá, rasgando la atmósfera terrestre, bañada de sol.

Capítulo VII. SINFONÍA EN FA MENOR DE TONALIDAD CROMÁTICA 4,750 mu

Grandes planchas de plástico transparente servían de cristales a una ancha terraza cubierta que daba al mediodía, al mar.

La luz pálida y mate del techo no rivalizaba con el claror de la luna, sino que lo completaba, atenuando la brusca negrura de las sombras. Casi todo el personal de la expedición marítima se había congregado allí. Únicamente los más jóvenes se divertían jugando en el mar, argentado por la luna. El pintor Kart San estaba allí con su bellísimo modelo. Frit Don, jefe de la expedición, agitando con bruscos movimientos de cabeza sus largos cabellos dorados, hablaba del caballo descubierto por Miiko. El estudio del material de la estatua, para averiguar el peso de ella, había dado resultados imprevistos. Bajo la capa exterior, de una aleación indeterminada, había oro puro. Si el caballo era macizo, incluso descontando la masa de agua desplazada por él, su peso ascendería a cuatrocientas toneladas. Para sacar aquel monstruo, harían falta grandes barcos dotados de aparatos y máquinas especiales.

Algunos preguntaron cuál era la razón de aquel absurdo despilfarro del precioso metal, y un colaborador científico de la expedición les recordó una leyenda, hallada en los archivos históricos, sobre la desaparición de las reservas de oro de todo un país en los tiempos en que este metal equivalía al coste del trabajo. Los criminales gobernantes, que habían tiranizado y arruinado al pueblo, antes de huir a otro país — por aquel entonces, entre los pueblos existían unas barreras artificiales denominadas fronteras —, recogieron todo el oro del Estado y lo fundieron, haciendo con él una estatua que fue puesta en la plaza más populosa de la principal ciudad. Y nadie pudo encontrarlo. El historiador suponía que persona alguna había adivinado entonces qué clase de metal se ocultaba bajo la capa de aleación barata.

El relato suscitó animación. El hallazgo de aquella enorme cantidad de oro era un espléndido regalo a la humanidad. Aunque el pesado metal amarillo no era ya, desde hacía tiempo, el símbolo del valor, continuaba siendo muy preciso para la electrotécnica, la medicina y, especialmente, para preparar el anamesón.

En un rincón de la parte exterior de la terraza, estaban sentados, en estrecho corrillo, Veda Kong, Dar Veter, el pintor, Chara Nandi y Evda Nal. Junto a ellos tomó asiento con timidez Ren Boz, después de haber buscado en vano al desaparecido Mven Mas.