— ¿A qué sueño ha renunciado usted hoy?
— A uno muy grande…
— Entre nosotros — prosiguió el pintor —, todos los que han visto obras del arte de masas de la antigüedad, como películas cinematográficas, grabaciones de representaciones teatrales o de exposiciones de pintura, aprecian, por comparación, la maravillosa finura, belleza y exquisitez de nuestros espectáculos, danzas y cuadros modernos, depurados de todo lo superfluo… Sin hablar de las épocas de decadencia.
— Es inteligente, pero prolijo — comentó en un susurro Veda Kong.
— Al pintor le es difícil expresar con palabras o fórmulas los complicadísimos fenómenos que ve y elige de lo que le rodea — explicó Chara Nandi, y Evda Nal asintió con la cabeza.
— Yo quisiera — continuó diciendo Kart San — recoger y unir en una sola imagen los granos puros de la bella sinceridad de los sentimientos, de las formas y de los colores esparcidos en diferentes individuos. Quisiera reconstituir los tipos antiguos en la más alta expresión de la belleza de cada raza del pasado remoto, de cuya mezcla se ha formado la humanidad contemporánea. Así, «La hija de Gondwana» es la unión con la naturaleza, el subconsciente conocimiento de la relación entre las cosas y los fenómenos, una psicología hondamente penetrada aún de instintos…
— En cuanto a «La hija de Tetis, o del Mediterráneo», son sentimientos ya muy desarrollados, de una amplitud intrépida y una infinita diversidad, pues aquí se trata ya de otro grado, superior, de fusión con la naturaleza a través de las emociones, y no de los instintos. La fuerza de Eros, franca y netamente sometida a la elevación del ser humano.
Las antiguas civilizaciones de la cuenca del Mediterráneo, la cretense, la etrusca, la helénica, la protohindú, de cuyo seno surgió el tipo humano capaz de crear esa emotiva cultura. Cuan grande ha sido mi suerte de encontrar a Chara: en ella se entrelazan, casualmente, los rasgos de los antiguos greco-cretenses y de otros pueblos posteriores de la India Central.
Veda sonrió satisfecha de haber acertado, y Dar Veter le dijo en voz queda que sería difícil encontrar mejor modelo.
— Si me sale bien «La hija del Mediterráneo», ejecutaré, indefectiblemente, la tercera parte de mi proyecto: una mujer nórdica, de cabellos de oro o color castaño claro, ojos serenos y límpidos, que miran con fijeza al mundo, alta, un poco lenta de ademanes, semejante a una de esas mujeres antiguas de los pueblos ruso, escandinavo o inglés.