Dar Veter dejó con lentitud la mano de ella, sonrió a su manera, con su sin par sonrisa clara; alejose. Los compañeros comentaban animadamente la noticia. Veda, en medio del corro, observaba a Dar Veter con el rabillo del ojo. Y vio que Evda Nal se acercaba a él.
Un minuto más tarde, Ren Boz se unió a ambos.
— ¡Hay que buscar a Mven Mas, pues él no sabe nada todavía! — exclamó Dar Veter, como si cayera de pronto en la cuenta —. Venga conmigo, Evda. ¿Viene usted también, Ren?
— Y yo — dijo Chara Nandi, incorporándose a ellos —. ¿Me lo permiten?
Salieron hacia el dulce chapoteo de las olas. Dar Veter se detuvo, ofreciendo el rostro al frescor de la brisa, y dio un profundo suspiro. Al volverse, encontró la mirada de Evda Nal.
— Me marcharé, sin pasar por casa — respondió a la pregunta muda.
Evda le tomó del brazo. Los cuatro caminaron un rato en silencio.
— Estaba pensando — murmuró Evda —: ¿será ésa la mejor solución? Seguramente lo es y usted tiene razón. Si Veda…
No terminó la frase, pero Dar Veter, comprensivo, le estrechó la mano y se la acercó a la mejilla. Ren Boz los seguía, a prudente distancia de Chara, que le miraba de soslayo con sus grandes ojos, ocultando una burlona sonrisa, en tanto caminaba a largos pasos.
De pronto, riendo por lo bajo, le ofreció al físico su brazo libre. Ren Boz se aferró a él con ansia que parecía cómica en hombre tan vergonzoso.