— ¿Dónde buscaremos a su amigo? — inquirió Chara, deteniéndose al borde del agua.
Dar Veter advirtió, a la clara luz de la luna, unas huellas humanas sobre la mojada arena. Simétricas, separadas por espacios iguales, parecían impresas con una máquina.
— Ha ido hacia allá — dijo Veter señalando a unas peñas.
— Sí, éstas son sus huellas — confirmó Evda.
— ¿Por qué está tan segura? — repuso Chara, dudosa.
— Fíjese en la regularidad de los pasos. Así andaban los cazadores primitivos o los que heredaron sus rasgos. Y yo creo que de todos nosotros, Mven, a pesar de su erudición, es el que está más cerca de la naturaleza. Aunque tal vez sea usted, Chara… — y Evda se volvió hacia la pensativa muchacha.
— ¿Yo? ¡Oh, no! — y tendiendo el brazo hacia adelante, exclamó —: ¡Ahí está!
En la peña más cercana, se destacaba la inmensa figura del africano, reluciente a la luz de la luna, igual que un mármol negro bruñido. Mven Mas agitaba las manos con energía, como si amenazase a alguien. Los potentes músculos de su fornido cuerpo se destacaban netos, semejantes a bolas, bajo la brillante piel.
— ¡Parece el espíritu de la noche, de los cuentos infantiles! — comentó en voz baja Chara, emocionada.
Al divisar a los que se acercaban, Mven Mas saltó de la peña para reaparecer al instante, vestido ya. En pocas palabras, Dar Veter le contó lo ocurrido. El africano manifestó su deseo de ver a Veda Kong inmediatamente.