— ¿Es que tú vas a permanecer estancada? ¡Tú irás más lejos que ella!
Evda acarició los lisos cabellos de la muchacha, observando la expresión de su rostro, alzado hacia ella.
— ¿No crees que basta ya de elogios, hijita? ¡Estamos perdiendo el tiempo!..
Entre tanto, Veda Kong caminaba despacio por una alameda, adentrándose en un bosquecillo de arces, cuyas anchas hojas húmedas susurraban. Las primeras brumas del crepúsculo intentaban alzarse del prado cercano, pero el viento las dispersaba al punto.
Veda Kong pensaba en la movilidad de la naturaleza, bajo su aparente calma, y en lo bien que se elegían siempre los lugares para la construcción de escuelas. Un aspecto importantísimo de la educación era desarrollar una aguda percepción de la naturaleza y un íntimo y sensible contacto con ella. Debilitar la atención a la naturaleza era tanto como frenar el desarrollo del ser humano, ya que éste, al perder la costumbre de observar, perdía también la facultad de sintetizar. Veda Kong meditaba sobre el arte de enseñar, la más preciada aptitud de una época en que se había comprendido al fin que la instrucción era en realidad la educación y que únicamente así se podía preparar al niño para el pedregoso camino del hombre. Claro que la base la daban las cualidades innatas, pero éstas corrían el riesgo de quedar estériles si no se modelaba hábilmente, por el maestro, el alma humana.
La sabia historiadora volvía mentalmente a los días, lejanos ya, en que ella era alumna del tercer ciclo, un ser juvenil, todo contradicciones, que ardía en deseos de sacrificarse, pero que al propio tiempo consideraba el mundo entero en dependencia exclusiva de su yo, con ese egocentrismo propio de la juventud sana. ¡Cuánto bien le habían hecho entonces los maestros! ¡Sí, en verdad no había en el mundo labor más elevada que la de ellos!
El maestro… En sus manos estaba el futuro del alumno, pues sólo con su esfuerzo se elevaba el ser humano a cada vez mayor altura y se hacía más poderoso al cumplir la más difícil de las tareas: la de vencerse a sí mismo, dominando la avidez egoísta y los desenfrenados deseos.
Veda Kong torció hacia una ensenada, bordeada de pinos, de donde llegaban voces juveniles; pronto tropezó con una decena de chiquillos, con delantales de plástico, que desbastaban afanosos un largo tronco de roble valiéndose de hachas, o sea de los mismos instrumentos inventados en las cavernas de la Edad de Piedra. Los jóvenes carpinteros saludaron respetuosos a la historiadora y le explicaron que ellos, a semejanza de los héroes de antaño, querían construir un barco sin ayuda de sierras automáticas ni de máquinas de montaje. Durante las vacaciones, harían un viaje en el barco hasta las ruinas de Cartago, acompañados de sus maestros de historia, geografía y trabajos manuales.
Después de desearle éxito en la empresa, se disponía Veda a seguir su camino, cuando se adelantó hacia ella un chico alto y esbelto, de cabellos muy rubios.
— ¿Ha venido usted con Evda Nal? Entonces, ¿me permite que le haga unas preguntas?