En medio de la estancia, sobre una mesa metálica, se alzaba una cámara de gruesas planchas de rutolucita, materia penetrable tanto a los rayos infrarrojos como a los visibles.

Una red de tubos y cables envolvía el esmalte castaño del depósito de agua, traído de la Tantra, que contenía los dos acalefos negros capturados en el planeta de la estrella de hierro.

Eon Tal, erguido como un gimnasta, paralizado aún el brazo en cabestrillo, miraba desde lejos al cilindro del registrador automático que giraba lento. Sobre las pobladas cejas negras, el sudor perlaba la frente del biólogo.

Erg Noor se pasó la lengua por los resecos labios.

— Nada, como siempre. Después de cinco años de viaje, no quedará ahí dentro más que polvo — dijo el astronauta con ronca voz.

— Eso sería una gran desgracia… para Niza y para mí — repuso el biólogo —. Entonces, habría que buscar a tientas, quizá durante muchos años, para determinar el carácter de la lesión.

— ¿Sigue usted creyendo que los órganos que matan la presa son iguales en los acalefos y en la cruz?

— No sólo lo creo yo. Grim Shar y todos los demás han llegado al mismo convencimiento. Pero al principio se hicieron las más sorprendentes hipótesis. Yo llegué a imaginarme que la cruz negra no era originaria del planeta.

— Y yo también, ¿recuerda que se lo dije? Me figuré que ese ser pertenecía a la astronave discoidal y estaba puesto allí para guardarla. Mas, pensándolo bien, ¿a qué guardar del exterior una fortaleza tan inexpugnable? El intento de abrir el espiro-disco demostró todo el absurdo de tal suposición.

— Pues yo me imaginé que la cruz no era un ser vivo, sino…