— ¿Un centinela autómata para darle guardia?

— Sí. Pero ahora, claro está, he desechado ese pensamiento. La cruz negra es un ser vivo, engendrado por el mundo de las tinieblas. Seguramente, esos repugnantes monstruos viven abajo, en la llanura. Nuestro enemigo vino del lado del «portón» de las rocas. Los acalefos, más ligeros y móviles, moran en la meseta en que aterrizamos. La relación entre la cruz negra y el espiro-disco era fortuita; sencillamente, nuestros dispositivos de defensa no habían alcanzado aquel lejano sector de la llanura, que se encontraba siempre a la sombra del disco.

— ¿De modo que usted opina que los órganos mortíferos de la cruz y de los acalefos son semejantes?

— ¡Desde luego! Animales que viven en las mismas condiciones, deben de tener órganos semejantes. La estrella de hierro es un astro termoeléctrico. La gruesa capa de su atmósfera está saturada de electricidad. Grim Shar considera que esos seres recogen la energía de la atmósfera y la condensan de un modo análogo a nuestros rayos globulares. Recuerde el movimiento de las estrellitas castañas a lo largo de los tentáculos de los acalefos.

— La cruz también tenía tentáculos, pero en ellos no había…

— Lo que ocurrió es que nadie tuvo tiempo de advertirlo. ¡Pero el carácter de las lesiones en los nervios principales, con parálisis del centro superior correspondiente, es igual en Niza y en mí! Respecto a esto estamos todos de acuerdo. ¡Y ello constituye la prueba esencial y la mayor esperanza!

— ¿Esperanza? — repitió Erg Noor, estremeciéndose.

— Sin duda. Fíjese — y el biólogo señaló a la línea regular trazada por el registrador automático —, los sensibles electrodos introducidos en la trampa donde están encerrados los acalefos no muestran nada. Los monstruos se metieron ahí con plena carga de energía, que no ha podido escapar a parte alguna después de la soldadura del depósito.

La defensa aislante de los vasos de alimentación cósmicos es seguramente impenetrable; no les ocurrirá lo mismo que a nuestras ligeras escafandras biológicas. Recuerde que la cruz que paralizó a Niza no le ocasionó a usted daño. Su ultrasonido atravesó la escafandra de ultraprotección, anulando la voluntad, pero las descargas destructoras resultaron impotentes. Se limitaron a perforar la escafandra de Niza, del mismo modo que los acalefos perforaron la mía.

— Por consiguiente, la carga de rayos globulares, o de algo parecido, que entró en el depósito, debe continuar ahí. Y sin embargo, los aparatos no indican nada…