— Precisamente en eso reside la esperanza. Quiere decir que los acalefos no se han convertido en polvo. Ellos…

— Comprendo. Se han encerrado en una especie de caparazón.

— Cierto. Tal modo de adaptación está muy difundido entre organismos vivos que se ven obligados a soportar períodos desfavorables para su existencia, como esas largas noches glaciales del planeta negro, sus terribles huracanes, durante sus «amaneceres» y «anocheceres». Mas como esos períodos se suceden con relativa frecuencia, estoy convencido de que los acalefos son capaces de entrar rápidamente en ese estado y de salir de él con la misma rapidez. Si mis suposiciones son ciertas, podremos, con bastante facilidad, devolver a los acalefos negros sus facultades mortíferas.

— ¿Reconstituyendo la temperatura, la atmósfera, la iluminación y demás condiciones del planeta negro?

— Exacto. Todo está calculado y dispuesto. Dentro de poco vendrá Grim Shar.

Empezaremos a insuflar en el depósito una mezcla de neón, oxígeno y ázoe a una presión de tres atmósferas. Pero antes hay que cerciorarse…

Eon Tal cambió impresiones con dos ayudantes. Un aparato empezó a deslizarse lentamente, acercándose a la cámara castaña. La plancha delantera, de rutolucita, se apartó dejando acceso a la peligrosa trampa.

Los electrodos del interior del depósito fueron sustituidos por microespejos con iluminadores cilíndricos. Uno de los ayudantes se colocó ante el cuadro de teledirección.

En la pantalla apareció una superficie cóncava, cubierta de granulaciones, y que reflejaba débilmente los rayos del iluminador: era la pared del depósito. Suavemente, giraba el espejo.

Eon Tal dijo: