— Es difícil ver con los rayos X; el aislamiento es demasiado grande. Por ello hay que recurrir a un procedimiento más complejo.
El espejo dio la vuelta, reflejando el fondo del depósito. Allí se encontraban dos bolas blancas, irregulares, de superficie porosa y fibrosa. Se asemejaban a frutos de una variedad del árbol del pan, recientemente obtenida, que llegaban a tener setenta centímetros de diámetro.
— Conecte el televisófono con el vector de Grim Shar — dijo el biólogo a un ayudante.
El hombre de ciencia, apenas se convenció de la certeza de las suposiciones generales, acudió presuroso al laboratorio. Entornando los ojos como un miope, no por falta de vista precisamente, sino por costumbre, examinó los aparatos preparados. Grim Shar no tenía ese aspecto imponente ni ese carácter autoritario que suele distinguir a los grandes sabios de los demás mortales. Y Erg Noor recordó a Ren Boz, cuyo aspecto tímido de chiquillo no estaba en consonancia con su excepcional cerebro.
— ¡Abran la juntura soldada! — ordenó Grim Shar.
Una mano mecánica cortó la dura capa de esmalte sin desplazar la pesada tapa. Las mangas impelentes de la mezcla gaseosa se fijaron a las válvulas. Un potente reflector de rayos infrarrojos hizo las veces de estrella de hierro.
— Temperatura… fuera de gravedad… presión… saturación eléctrica… — iba leyendo las indicaciones de los aparatos el ayudante que se encontraba junto a ellos.
Al cabo de media hora, Grim Shar se volvió hacia los astronautas.
— Vamos a la sala de descanso. No es posible prever cuánto tiempo tardarán en reanimarse estos caparazones. Si Eon está en lo cierto, ocurrirá pronto. El personal de guardia nos avisará.
El Instituto de Comentes Nerviosas había sido edificado lejos de la zona de viviendas, en los límites de una estepa acotada. Hacia el fin del verano, la tierra estaba seca, y el viento penetraba con susurro de seda por las ventanas, abiertas de par en par, trayendo el suave aroma de las hierbas marchitas.