Los tres investigadores, arrellanados en cómodos sillones, callaban mirando, por encima de los frondosos árboles, al cendal del aire que ondulaba en el lejano horizonte.
De vez en cuando, alguno de ellos cerraba los cansados ojos, pero la ansiedad de la espera impedía adormecerse. Mas esta vez el destino no puso a prueba la paciencia de los científicos. No habían transcurrido tres horas cuando se iluminó la pantalla de comunicación directa. El ayudante de guardia, conteniendo su emoción a duras penas, anunció:
— ¡La tapa se remueve!
Y unos segundos más tarde, ya estaban los tres en el laboratorio.
— ¡Cierren bien la cámara de rutolucita, comprueben la hermeticidad! — empezó Grim Shar a dar disposiciones —. Transfieran a la cámara las condiciones del planeta.
Unos leves bufidos de las potentes bombas, un susurro silbante de los niveladores de presión, y en el interior del transparente receptáculo se estableció la atmósfera del mundo de las tinieblas.
— Aumenten la humedad y la saturación eléctrica — continuó Grim Shar.
Un penetrante olor a ozono se expandió por el laboratorio.
Pero no ocurrió nada. El científico frunció el entrecejo y echó una ojeada a los aparatos, esforzándose por averiguar qué era lo que faltaba.
— ¡Falta la oscuridad! — resonó de pronto la voz clara de Erg Noor.