Eon Tal hasta dio un salto de coraje.

— ¡Cómo se me ha podido olvidar! Usted, Grim Shar, no ha estado en la estrella de hierro, ¡pero yo…!

— ¡Las persianas polarizadoras! — dijo el científico, a guisa de respuesta.

Extinguióse la claridad. El laboratorio quedó alumbrado únicamente por las lucecillas de los aparatos. Los ayudantes corrieron las persianas, y todo quedó sumido en tinieblas.

Sólo en algunos sitios titilaban, apenas perceptibles, los puntos luminosos de los indicadores.

Los astronautas sintieron en el rostro el aliento del planeta negro, que les traía a la memoria aquellos terribles y apasionantes días de enconada lucha.

Transcurrieron unos minutos de silencio, solamente turbado por los cautelosos movimientos de Eon Tal, que regulaba la pantalla de rayos infrarrojos, dotada de una mampara polarizante para evitar la dispersión de los mismos.

¿Un débil chasquido y un fuerte golpe: la tapa del depósito había caído en el interior de la cámara de rutolucita. Un conocido centelleo de lucecillas castañas: los tentáculos del monstruo negro acababan de aparecer en un extremo del depósito.

De un inesperado salto, ascendió, desplegándose como un manto de sombras por toda la cámara de rutolucita, y chocó contra el transparente techo. Millares de estrellitas castañas se expandieron igual que arroyuelos por todo el cuerpo del acalefo, que se afianzó en el fondo con sus tentáculos recogidos, mientras el manto se hinchaba en forma de cúpula, como si lo soplasen desde abajo.

Semejante a otro fantasma negro, se alzó del depósito el segundo monstruo, infundiendo involuntario pavor con sus movimientos rápidos y silenciosos. Pero allí, entre las transparentes paredes de la cámara de experimentación, aquellos engendros del planeta de las tinieblas, rodeados de aparatos dirigidos a distancia, eran inofensivos.