Los aparatos medían, fotografiaban, determinaban, trazaban complicadas curvas, descomponiendo la estructura de los monstruos en diversos índices físicos, químicos y biológicos. Y el cerebro humano reunía de nuevo los distintos datos cualitativos, desentrañando la composición de aquellos espantosos seres y sometiéndolos a su dominio.
A cada hora que pasaba rauda, Erg Noor se convencía de la victoria, Eon Tal se ponía más alegre, y más se reanimaban Grim Shar y sus jóvenes ayudantes.
Por fin, el científico se acercó a Erg Noor.
— Puede usted marcharse tranquilo. Nosotros nos quedaremos aquí hasta el final de las investigaciones. Temo encender la luz visible, pues aquí los acalefos negros, al contrario que en su planeta, no tienen dónde ocultarse de ella. ¡Y antes deben contestarnos a todo lo que queremos saber!
— ¿Y lo sabrán ustedes?
— Dentro de tres o cuatro días llegaremos en las investigaciones al máximo de lo que nos permite nuestro actual nivel de conocimientos. Pero ahora podemos hacernos una idea de la acción de su sistema paralizador…
— ¿Y curar a Niza y a Eon?
— ¡Sí!
Sólo en aquel momento comprendió Erg Noor cuan grande era el peso que llevaba encima desde aquel infausto día, o aquella infausta noche… ¡Qué más daba! Una alegría delirante se apoderó de él, tan moderado de ordinario. Dominó con esfuerzo el absurdo deseo de agarrar al pequeño hombre de ciencia y lanzarlo al aire para recogerlo en sus brazos jubilosos. Sorprendido de su propia ocurrencia, Erg Noor logró calmarse, y un minuto más tarde había recobrado su reserva habitual.
— ¡Cuánto contribuirán sus estudios a la lucha contra los acalefos y las cruces en la próxima expedición!