— ¡Desde luego! Ahora conoceremos al enemigo. Pero ¿usted cree que se realizará la expedición a ese mundo de la pesantez y de las sombras?

— ¡No lo dudo!

Un día templado del otoño nórdico acababa de nacer.

Erg Noor, sin la impetuosa premura acostumbrada, caminaba despacio, hundiendo los pies, descalzos, en la suave hierba. Delante, en la linde del bosque, se alzaba la muralla verde de los cedros, veteada de arces, que erguíanse rectos como columnas de tenue humo gris. Allí, en aquel coto, el hombre no se inmiscuía en la naturaleza. Ésta conservaba el encanto bravío de sus altos matorrales desperdigados que exhalaban un aroma, grato y fuerte, en el que se mezclaban, contradictorios, diversos olores. Un frío riachuelo le cerró el paso. Erg Noor descendió por un sendero. El agua rizada y cristalina, penetrada por los rayos del sol, tendía una red de temblantes hilos de oro sobre los multicolores guijarrillos. Partículas de musgo y algas, apenas perceptibles, flotaban en la superficie, y sus finas sombras se deslizaban por el fondo como lunares azules. En la ribera opuesta, grandes campanillas lilas se inclinaban al viento. La fragancia de la húmeda pradera y de las purpúreas hojas otoñales prometía a los hombres el gozo del trabajo, pues cada uno, en lo recóndito del alma, guardaba todavía la experiencia del primitivo labrador.

Una oropéndola amarilla clara, posada en una rama, lanzaba presuntuosa al viento su gracioso silbido.

El límpido cielo se extendía sobre los cedros, argentado por alados cirros. Erg Noor se adentró en la penumbra del bosque, impregnada del acre olor de la resina y de las agujas de los cedros, y, luego de atravesarla, ascendió por una colina enjugándose la mojada cabeza. El acotado bosquecillo que rodeaba la clínica de neurología no era ancho, y Erg Noor salió pronto al camino. El riachuelo alimentaba con sus aguas unas escalonadas piscinas de cristal lechoso. Varios hombres y mujeres, en traje de baño, surgieron de una curva y se lanzaron a todo correr por una senda bordeada de policromas flores. Aunque el agua otoñal no debía de estar templada, los que corrían se tiraron a la piscina, luego de animarse unos a otros con bromas y risas, y nadaron cascada abajo en bullicioso tropel.

Erg Noor no pudo menos de sonreír: eran sin duda trabajadores de alguna fábrica o granja cercana que empezaban a aprovechar el tiempo de reposo.

Nunca el planeta en que naciera le había parecido tan bello a Erg Noor, que pasó la mayor parte de su vida en los estrechos límites de un navío cósmico. Sentía una inmensa gratitud a todas las gentes y a la naturaleza terrestre que habían contri buido a salvar a Niza, a su astronauta de ondulados cabellos rojizos. ¡Aquel día ella misma había ido a su encuentro en el jardín de la clínica! Después de consultar a los médicos, habían acordado ir juntos a un mismo sanatorio polar de neurología. Niza se encontraba en perfecto estado de salud desde que fueran rotas las cadenas de la parálisis, suprimiendo la tenaz inhibición de la corteza cerebral, provocada por la descarga de los tentáculos de la cruz negra. Sólo quedaba devolverle la antigua energía después del largo sueño cataléptico.

¡Niza vivía, Niza estaba sana!

Vio una figura femenina que venía sola y presurosa hacia él por la bifurcación del camino. La habría reconocido entre miles de mujeres: era Veda Kong. La misma Veda que tanto ocupara sus pensamientos hasta que se puso en claro la divergencia de sus destinos. Acostumbrado a los diagramas de las máquinas calculadoras, Erg Noor se imaginaba sus propios afanes como una brusca curva tendida hacia el cielo, mientras que la vida y la obra de Veda eran como una línea, cernida sobre la tierra, que penetraba en las profundidades de los siglos pasados del planeta. Las dos líneas aquellas se separaban, alejándose más y más la una de la otra.