El rostro de Veda Kong, que él conocía en sus menores detalles, sorprendió de pronto a Erg Noor por su parecido con el de Niza. Eran iguales el óvalo estrecho, los ojos separados, la despejada frente, las largas cejas arqueadas, la boca grande, de labios dulcemente burlones… Hasta su nariz, un poquitín larga, ligeramente arremangada, la hacía semejante a la otra, como si fueran hermanas. La única diferencia consistía en que Veda miraba siempre a la cara, con aire pensativo, mientras que la tenaz cabecita de Niza Krit se erguía a menudo en juvenil arranque.
— ¿Me está usted examinando? — preguntó Veda asombrada.
Tendió ambas manos a Erg Noor, que las llevó a sus mejillas, oprimiéndolas contra ellas. Veda, estremecida, se apresuró a retirarlas. El astronauta esbozó una débil sonrisa.
— Quería dar las gracias a esas manos que han cuidado a Niza… Ella… ¡Lo sé todo!
Había que estar constantemente a su lado, y usted renunció a una expedición interesante.
¡Dos meses enteros!..
— No renuncié, sino que demoré el viaje en espera de la Tantra. De todos modos, era ya tarde; además, ¡su Niza es un encanto! Las dos nos parecemos, pero ella, con su tendencia al cielo y su fidelidad probada, bien merece ser la compañera del vencedor del Cosmos y las estrellas de hierro…
— ¡Veda!..
— ¡Hablo en serio, Erg! Ahora no estamos para bromas. ¿No lo percibe usted? Hace falta que todo quede claro.
— ¡Para mí ya lo está! Sin embargo, se lo agradezco, y no por mí, sino por ella.