— ¡No me lo agradezca! Me habría dolido mucho que usted hubiera perdido a Niza…
— Comprendo, pero no puedo creerla, porque la conozco y sé que es incapaz de semejantes cálculos. Mantengo mi gratitud.
Erg Noor acarició el hombro de Veda y posó la mano en el brazo. Echaron a andar juntos por el desierto camino y siguieron en silencio hasta que Erg Noor volvió a hablar:
— ¿Y quién es él?
— Dar Veter.
— ¿El que fue director de las estaciones exteriores? Vaya, vaya…
— Erg, está usted diciendo palabras hueras. Parece otro…
— Puede que haya cambiado… Pero yo conocía a Dar Veter solamente por su trabajo y creía que él era también un soñador del Cosmos.
— Y lo es. Un soñador del mundo sideral que sabe compaginar el cariño a las estrellas con un amor a la Tierra de antiguo labrador. Un hombre de ciencia con grandes manos de obrero.
Involuntariamente, Erg Noor se miró su mano estrecha, con largos dedos, recios, de matemático y de músico.