Además, me parece que está emocionado…

— Yo, en su lugar, también lo estaría — dijo pensativo Dar Veter —. Así ocurrió hace seis años…

El ayudante enrojeció del esfuerzo para permanecer impasible. Con todo su ímpetu juvenil, simpatizaba con su jefe, presintiendo tal vez que él mismo habría de pasar también, algún día, por las alegrías y los sinsabores de un gran trabajo y una tremenda responsabilidad. En cuanto al director de las estaciones exteriores, no expresaba en modo alguno sus sentimientos, pues ello se consideraba impropio de hombres de su edad.

— Cuando se presente Mven Mas, tráigalo aquí en seguida.

El ayudante se alejó. Dar Veter se acercó a un rincón donde el transparente tabique estaba ennegrecido desde el techo hasta el suelo y, con amplio ademán, descorrió las dos hojas de una puerta abierta en un panel de madera preciosa. Una luz intensa brotó del fondo de una pantalla semejante a un espejo.

El director de las estaciones exteriores conectó, mediante un conmutador especial, el «vector de la amistad» que enlazaba directamente a personas ligadas por un profundo afecto, permitiéndoles comunicar entre sí en cualquier momento. El vector de la amistad unía varios lugares habituales del ser humano: la vivienda, el sitio de trabajo, el rincón predilecto de descansa…

La pantalla se iluminó y en su fondo perfilóse el conocido conjunto de unos altos paneles, con innumerables columnas de codificados signos de filmes electrónicos que habían sustituido a los arcaicos clichés de libros. Desde que la humanidad adoptara un alfabeto único, llamado lineal por no contener ningún signo complejo, la filmación de libros, incluso antiguos, era aún más sencilla y asequible para las máquinas automáticas.

Unas franjas azules, verdes y rojas designaban las filmotecas centrales, en las que se conservaban las obras de investigación científica, que desde hacía tiempo ya no se editaban más que en una decena de ejemplares. Bastaba con marcar una serie convencional de signos, para que la filmoteca-depósito facilitase automáticamente el texto completo de la obra filmada. La referida máquina era la biblioteca particular de Veda.

Oyóse un leve chasquido y desapareció la imagen de la pantalla, que volvió a iluminarse para mostrar otra habitación, también vacía. Un nuevo chasquido del aparato, y surgió una sala de comando, con sus pupitres y cuadros débilmente alumbrados. Una mujer, sentada a la mesa más cercana, alzó la cabeza, y Dar Veter reconoció el fino rostro amado, de grandes ojos grises. La deslumbradora sonrisa, que ponía al descubierto los blancos dientes, formando unos encantadores hoyuelos junto a la boca, de enérgico trazo, y la nariz infantil, ligeramente arremangada, daban al rostro aquel una expresión todavía más dulce y afable.

— Veda, sólo quedan dos horas. Aún tiene que cambiarse de vestido, y yo quisiera que viniese usted al observatorio un poco antes.