— No, ahora realizamos trabajos en las costas orientales del Mediterráneo, del Mar Rojo y junto al litoral de la India. Búsquedas de los tesoros históricos que se conservan bajo el agua, desde la cultura cretense-hindú hasta el advenimiento de los Siglos Sombríos.

— Lo que se escondía o, con mayor frecuencia, era arrojado al mar cuando se hundían los islotes de civilización al empuje de nuevas fuerzas, poderosas en su bárbara lozanía, ignorantes y despreocupadas, todo eso lo concibo — dijo pensativo Dar Veter, que seguía observando la blanquecina planicie —. Y comprendo también la enorme destrucción de la cultura antigua, cuando los viejos Estados, fuertes por su conexión con la naturaleza, fueron incapaces de cambiar nada en el mundo, de acabar con la esclavitud, cada vez más repugnante y con la capa parasitaria de la sociedad…

— Y entonces, las gentes cambiaron la esclavitud de la Edad Antigua por el feudalismo y la noche religiosa medieval — prosiguió Veda, completando el pensamiento de él —. Mas ¿qué es lo que no entiende?

— No me imagino bien la cultura cretense-hindú.

— Usted no está al corriente de las últimas investigaciones. Huellas de esa cultura se encuentran ahora en una inmensa extensión que, incluyendo la isla de Creta, el Sur de Asia Central y la India del Norte, abarca desde América hasta la China Occidental.

— No suponía que, en tiempos tan remotos, pudiera haber ya escondrijos para los tesoros del arte, como en Cartago, Grecia o Roma.

— Pues venga conmigo y lo verá — dijo Veda en voz baja.

Dar Veter caminaba a su lado, sin responder. Se iniciaba una pendiente suave. Cuando llegaron a lo alto del cerro, Dar Veter se detuvo inesperadamente.

— Gracias por su invitación, iré…

Veda, un poco incrédula, volvió la cabeza, mas en la penumbra de la noche nórdica los ojos de su compañero eran oscuros, impenetrables.