Remontado el declive, las luces resultaron estar muy cerca. Metidas en fanales polarizantes, no esparcían sus rayos y parecían hallarse más lejos de lo que en realidad estaban. La iluminación concentrada testimoniaba un trabajo nocturno. El rumor característico de una corriente de alta tensión se hacía cada vez más intenso. Los contornos de unas vigas caladas brillaban con argentados reflejos a la luz de las altas lámparas azules.

Un prolongado bramido los hizo detenerse: el robot de protección se había puesto en funcionamiento.

— ¡Peligro, tiren a la izquierda, no se acerquen a la línea de postes! — gritó el altavoz invisible.

Ambos torcieron sumisos hacia un grupo de casitas blancas, transportables.

— ¡No miren en dirección al campo! — continuó, solícito, el autómata.

Las puertas de dos casitas se abrieron a un tiempo, y dos haces de luz, cruzados, se tendieron sobre el oscuro camino. Varios hombres y mujeres acogieron cordiales a los caminantes, asombrándose de que utilizaran un medio de locomoción tan primitivo, y de noche por añadidura.

La estrecha cabina — donde se entrecruzaban unos chorrillos de agua aromosa, saturada de gas y electricidad, que cosquilleaba en la piel, punzantes y juguetones — era un lugar placentero.

Los caminantes, refrescados y lozanos, volvieron a encontrarse en el comedor.

— ¡Veter, querido, estamos entre colegas!

Veda escanció una bebida dorada en unas alargadas copas, que al momento se empañaron del frescor.