Seguramente, estarán preparando los aparatos de buceo para ver el caballo.
Veda cantaba, acompañada de dos voces femeninas desconocidas.
Al divisar a los nadadores, los llamó, infantil, con la mano. La canción se interrumpió.
Dar Veter reconoció a una de las mujeres: era Evda Nal. Por primera vez la veía sin la blanca bata de médico. Su esbelta figura se destacaba por la blancura de la piel, no tostada aún del sol. Por lo visto, la famosa psiquiatra había estado muy ocupada últimamente. Sus cabellos, negros como la endrina, partidos por una raya en medio, estaban recogidos junto a las sienes. Los pómulos salientes sobre las mejillas un poco hundidas destacaban los ojos alargados, negros, de penetrante mirada. Su rostro recordaba vagamente a una esfinge del antiguo Egipto, aquella que, desde tiempos inmemoriales, estuviera en un extremo del desierto ante las pirámides, tumbas de los faraones del más antiguo Estado de la Tierra. Diez siglos después de que el desierto hubiese desaparecido, sobre las arenas rumoreaban bosquecillos y vergeles, y la esfinge estaba cubierta por un gran fanal que no ocultaba los hoyos de su cara, roída por el tiempo.
Dar Veter, recordando que Evda Nal descendía de peruanos o de chilenos, la saludó a la manera antigua de los sudamericanos adoradores del Sol.
— El trabajo con los historiadores le ha sido provechoso — bromeó Evda —. Debe darle las gracias a Veda…
Dar Veter se volvió presuroso hacia su encantadora amiga, pero ella le tomó del brazo y le condujo adonde estaba una mujer completamente desconocida.
— ¡Le presento a Chara Nandi! Todos nosotros somos huéspedes suyos y del pintor Kart San, pues ellos viven aquí desde hace ya un mes. Su estudio ambulante se encuentra al fondo de la ensenada.
Dar Veter tendió la mano a la joven mujer, que le miraba con sus azules ojazos. Por un instante, quedó suspenso de admiración: había en aquella mujer algo que la diferenciaba de todas las demás. Estaba en pie entre Veda Kong y Evda Nal, cuya belleza, pulida por un intelecto preclaro y una larga labor reglamentada de investigación científica, palidecía, sin embargo, ante la maravillosa y radiante hermosura de la desconocida.
— Su nombre se parece algo al mío — comentó Dar Veter.