Las comisuras de los pequeños labios temblaron de la contenida risa.

— Sí, lo mismo que usted a mí.

Dar Veter miró por encima de la abundante cabellera negra, espesa, reluciente y un poco ondulada, de la joven mujer y dirigió a Veda una ancha sonrisa.

— Veter, usted no sabe decir galanterías a las mujeres — dijo Veda picara, ladeada la cabeza.

— ¿Es preciso eso ahora, cuando ha desaparecido la necesidad del engaño?

— Es preciso — terció en la conversación Evda Nal —. ¡Y lo será siempre!

— Mucho me agradaría que me lo explicasen — repuso Dar Veter, frunciendo levemente el entrecejo.

— Dentro de un mes, pronunciaré mi discurso de otoño en la Academia de las Penas y de las Alegrías. En él hablaré mucho de la importancia de las emociones directas… — y Evda Nal hizo una inclinación de cabeza a Mven Mas, que se acercaba.

El africano, según su costumbre, caminaba a pasos iguales, silenciosos. Dar Veter observó que las mejillas morenas de Chara se teñían de vivo arrebol, como si el sol de que estaba impregnado todo su cuerpo asomase, de súbito, a través de la bronceada piel.

Mven Mas saludó con indiferencia.