mientras que el comunismo adopta la otra:
«A cada uno según sus necesidades».
Nadie podrá decir á priori cómo será resuelto este problema en sus detalles prácticos; pero esta imposibilidad de profetizar el porvenir en sus detalles, se opone sin razón al socialismo para tratarlo de irrealizable utopía. Nadie habría podido profetizar á priori, en el alboreo de ninguna civilización, sus desenvolvimientos sucesivos, según lo diré después, al hablar de los métodos de renovación social.
Lo que, en cambio, podemos decir con plena seguridad, por las inducciones más acertadas de la psicología y de la sociología, es esto:
{23} Es innegable, como lo reconoció también Carlos Marx, que esta segunda fórmula —que para algunos es lo que distingue al anarquismo (teórico y platónico) del socialismo— representa un ideal ulterior y más complicado. Pero es también innegable que, de todas maneras, la fórmula del colectivismo representa una fase de evolución social y de disciplina individual que deberá necesariamente preceder a la del comunismo.
¡No hay que creer que con el socialismo la humanidad vaya a realizar completamente todos los ideales posibles, y que después no le quede nada que desear ni que conquistar! . . .
La posteridad estaría condenada al ocio y la vagancia si pretendiéramos agotar todos los posibles ideales humanos.
El individuo o la sociedad que no tienen ya un ideal por qué combatir, están muertos o moribundos. La fórmula del comunismo podrá, pues, ser un ideal ulterior que conquistar, cuando el colectivismo haya llegado a su completa acción por los procedimientos históricos de que me ocuparé más adelante.
Pero, por ahora, volviendo a Darwin, queda, pues, eliminada la pretendida contradicción entre el socialismo y el darwinismo, a propósito de la igualdad de todos los hombres en que no sueña {24} el socialismo y que tampoco quiere, darwinianamente.
Así se contesta también a la repetidísima objeción de que el socialismo quiere sofocar y suprimir la personalidad humana bajo la uniforme capa de plomo de la colectividad, reduciendo al individuo a la función monástica de una de tantas abejas de la colmena social.