La primera es que en el mismo campo biológico de la lucha por la vida, la desproporción entre los individuos nacidos y los sobrevivientes va atenuándose progresivamente según se pasa de los vegetales a los animales y de los animales al hombre.
Además, esa ley de desproporción decreciente entre «llamados» y «elegidos» sirve también para las diversas especies de un mismo orden natural.
En efecto, en el orden vegetal, cada individuo genera cada año un número desmesurado de semillas, de las que sólo sobrevive una parte {27} infinitesimal. En el orden animal, disminuye el número de los que nacen de cada individuo, y aumenta el número de los sobrevivientes. En el orden humano, entretanto, es mínimo el número de nacidos que cada individuo puede generar, pero sobrevive la mayor parte.
No es esto sólo; en el orden vegetal como en el animal y en el humano, las especies inferiores y más sencillas, las razas y las clases menos elevadas, son las que tienen en sus individuos mayor abundancia generadora y más rápida generación en cambio de menor longevidad en los individuos.
Un helecho produce millones de esporos y vive poco tiempo, mientras que una palmera da pocas docenas de semillas por año, y tiene vida secular.
Un pez produce muchos millares de huevos, mientras que el elefante y el chimpancé tienen pocos hijos y viven muchos años.
Entre los hombres, las razas salvajes son más prolíficas y tienen escasa longevidad, mientras que las razas civilizadas tienen escasa natalidad y longevidad mayor.
De modo que, aun permaneciendo en el terreno exclusivamente biológico, es evidente que la proporción de los vencedores en la «lucha por la {28} vida» aumenta cada vez más sobre el total de los nacidos, según se pasa de los vegetales a los animales, de los animales a los hombres, y según se vaya de la especie o variedad inferior a las razas o variedades superiores.
La misma férrea ley de la lucha por la vida, va, pues, disminuyendo la hecatombe de los vencidos, tanto cuanto se elevan complicándose y perfeccionándose las formas de esa misma vida.
Sería, pues, un error oponer, sin más razón, el socialismo a la ley darwiniana de la selección natural, tal como se manifiesta en las formas primitivas de la vida, sin tener en cuenta su continua atenuación al pasar de los vegetales a los animales, de los animales al hombre, y en la misma humanidad, de las razas primitivas a las razas más adelantadas.