Así, pues, representando el socialismo una fase de progreso ulterior en la vida de la humanidad, no puede en manera alguna oponérsele una interpretación tan grosera e inexacta de la ley darwiniana.
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Cierto es que los adversarios del socialismo han abusado de la ley darwiniana o mejor dicho de esa interpretación «brutal», para intentar una justificación a la moderna competencia {29} individualista, que demasiado a menudo se convierte en una forma disimulada de antropofagia, y hace propia del estado social presente, aquella condición del homo homini lupus que Hobbes colocaba por el contrario en el supuesto estado natural del hombre, antes del contrato de convivencia social.
Pero el abuso de un principio científico no es la prueba de su falsedad, pues más bien sirve de aguijón para precisar más su índole y sus términos, y obtener su más exacta y completa aplicación práctica, como estoy haciéndolo en esta explicación de perfecta armonía entre socialismo y darwinismo.
He ahí por qué, en la primera edición de mi Socialismo y criminalidad, he sostenido que la lucha por la vida es ley innata de la humanidad, como de todos los seres vivientes, aunque cambie y se atenúe continuamente en sus formas.
Tal es aún mi pensamiento, contra el de algunos socialistas que creyeron mejor vencer esa objeción opuesta en nombre del darwinismo, afirmando que en la humanidad la «lucha por la vida» es una ley que debe perder todo valor y toda aplicación una vez realizada la transformación que el socialismo desea. La señalaban, pues, como una ley que, tiránica dominadora de todos {30} los seres, desde el microbio hasta el mono antropoide, debería extinguirse y caer inerte a los pies del hombre, como si él no fuese un eslabón indisoluble de la gran cadena biológica.
Yo, por el contrario, sostuve y sostengo que la lucha por la vida es ley inseparable de la existencia, y por lo mismo, de la humanidad; pero que, siendo siempre ley inmanente y continua, va transformándose en su contenido y atenuándose en sus formas.
En la humanidad primitiva, la lucha por la vida casi no se distingue de la que sostienen los demás animales: es la lucha brutal por el alimento cuotidiano o por la hembra —desde que hambre y amor son las dos necesidades fundamentales y los dos polos de la vida— y esa lucha se traba con sólo la fuerza muscular. En una fase ulterior, se agrega la lucha por la supremacía política (en el clan, en la tribu, en la aldea, en la comuna, en el estado) y se combate cada vez menos con los músculos, cada vez más con el cerebro.
En el período histórico, la humanidad greco-latina combate por la igualdad civil (abolición de la esclavitud); vence, mas no reposa, porque la vida es lucha; la humanidad de la Edad Media lucha por la igualdad religiosa, y la conquista, pero no se detiene; al terminar el pasado siglo, {31} lucha por la igualdad política. Y ahora la humanidad lucha por la igualdad económica, no en el sentido de igualdad material y absoluta, sino en el más positivo, que he explicado antes; y todo hace prever, con seguridad matemática, que esta lucha también se terminará para ceder su lugar a nuevas conquistas y a ideales nuevos para nuestros sucesores.
Y con el cambio sucesivo del significado o de los ideales de la lucha por la vida, continúa la progresiva atenuación de los métodos de lucha, que de violenta y muscular se torna más pacífica e intelectual, a pesar de las regresiones atávicas o las manifestaciones psico-patológicas de las violencias personales del individuo contra la sociedad y de la sociedad contra el individuo.