Odiar, ultrajar, suprimir a este o aquel individuo que pertenece a la clase dominante, no hace adelantar un segundo la solución del problema, y antes bien la retarda por la reacción del sentimiento común contra la violencia personal, desde que ofende el principio de respeto a la persona humana que el socialismo proclama bien alto para todos y contra todos. Y no coopera a la solución del problema, porque la anormal condición presente (que se ha hecho más aguda), miseria de muchos y satisfacción de pocos, no es efecto de la mala voluntad de este o aquel individuo.

{71} Hasta por ese lado, en efecto, el socialismo está en pleno y completo acuerdo con la ciencia positiva que niega el libre albedrío en el hombre y estudia la actividad humana, individual y colectiva, como el efecto necesariamente determinado por las condiciones de raza y de ambiente.

El delito, el suicidio, la locura, la miseria, no son el fruto del libre albedrío, de la culpa individual, como predica el espiritualismo metafísico; ni es fruto del libre albedrío ni culpa individual del capitalista, si el obrero está mal retribuido, sin trabajo, en la miseria.

Todo fenómeno social es la resultante necesaria de las condiciones históricas y del ambiente; y en el mundo moderno, la facilidad y la frecuencia de las relaciones por todas partes de la tierra, ha hecho más estrecha la dependencia de cada hecho —económico, político, jurídico, moral, artístico o científico— de las condiciones más lejanas y más indirectas de la vida universal.

Dada la organización actual de la propiedad privada, sin limitación de herencia familiar y de acumulación personal; dada la continua y cada vez más completa aplicación de los descubrimientos científicos al trabajo humano de transformación de la materia; dado el telégrafo y el vapor; dado el torrente cada vez más {72} desbordante de las migraciones humanas, es inevitable que la existencia de una familia de labradores, de operarios, o de pequeños comerciantes, etc., ligada a los hilos invisibles pero inexorables de la vida del mundo, por los que la cosecha del algodón, del café o del trigo en los países más lejanos, repercute por todas partes del mundo civil, así como el aumento o la diminución de las manchas solares es un coeficiente de las periódicas crisis agrícolas, e influye directamente sobre el destino de millones de hombres.

En este grandioso concepto científico de la «unidad de las fuerzas físicas», según la expresión del padre Secchi, o de la solidaridad universal ¿cómo puede admitirse aún el concepto mezquino e infantil del libre albedrío y del individuo como causa de los fenómenos humanos?

Si un socialista tuviese la idea —aun con miras de beneficencia— de fundar un taller industrial para dar trabajo a los desocupados, y produjese un artículo abandonado por la moda o por la necesidad del consumo general, se vería evidentemente obligado a quebrar, a pesar de sus intenciones filantrópicas, por el decreto mudo pero inevitable de las leyes económicas.

O si un socialista quisiese dar a los obreros de su establecimiento un salario doble o triple {73} que el corriente, tendría sin duda alguna la misma suerte, por la misma inexorable aplicación de las leyes económicas, porque tendría que vender sus mercaderías con pérdida, o que guardarlas en sus almacenes, sin venderlas mientras su precio —en igualdad de clase— fuese superior al del mercado.

Se vería reducido a la quiebra, y el mundo no le daría otro consuelo que llamarlo un buen hombre, palabra que en la actual fase de «moralidad mercantil» tiene doble sentido.

Aparte, pues, de las relaciones personales más o menos cordiales entre capitalista y obrero, su respectiva condición económica está fatalmente determinada por la ley del supertrabajo con la que Marx explica irrefutablemente cómo el capitalista puede acumular riquezas sin trabajar, sólo porque el obrero produce en cada jornada de trabajo un equivalente de riqueza superior al salario recibido, demasía de producto que naturalmente va a beneficio gratuito del capitalista, aun cuando se le quisiese deducir el salario de un trabajo suyo intelectual de dirección técnica y administrativa.