La tierra abandonada al sol y a la lluvia, no produce por sí sola ni trigo ni vino. Los minerales no salen por sí solos de las entrañas de la tierra.
{74} La producción de la riqueza no se efectúa sino por una transformación de la materia trabajada por la labor humana. Y sólo porque el campesino cultiva la tierra, el minero extrae los minerales, el obrero mueve las máquinas, el químico hace experimentos en su gabinete, el ingeniero inventa etc., etc., es que el propietario o el capitalista, sin haber hecho nada para heredar su patrimonio, y sin fatiga alguna si permanece ausente de su propiedad, puede tener cada año asegurado un producto que otros producen para él a cambio de pan escaso y miserable vivienda, envenenados las más de las veces por los miasmas de los arrozales o de los pantanos, por el gas de las minas o de los talleres, sin lograr nunca una existencia digna de criaturas humanas.
Y hasta en el régimen de la perfecta medianería —que se muestra como una fórmula de socialismo práctico— queda siempre que preguntar por qué milagro el propietario, que no trabaja, ve llegar a su casa el trigo, el aceite y el vino en cantidad suficiente para vivir con comodidad, mientras que el medianero da cada día su trabajo para arrancar a la Madre Tierra el alimento para sí y para los otros.
Lo que hay de menos doloroso en la {75} medianería es la seguridad tranquila de llegar a fin de año sin los espasmos de la desocupación a que están condenados los trabajadores adventicios de la campaña y de la ciudad. Pero, en substancia, el problema queda sin alteración y siempre hay uno que vive bien sin trabajar, porque diez viven mal, trabajando.
Tal es el engranaje de la propiedad privada y tales sus efectos, fuera y contra la misma voluntad de los individuos.
Así, resulta vana y estéril toda tentativa contra este o aquel individuo: lo que hay que cambiar es la orientación de la sociedad, lo que hay que abolir es la propiedad individual, no con la repartición, como vulgarmente se dice, y que sería forma más aguda y más mezquina de propiedad privada, mientras que un año después, persistiendo esa orientación individualista, se volvería al statu quo, sólo en beneficio de los más pillos y de los menos escrupulosos.
Pero la abolición de la propiedad privada o individual, sustituyéndola la propiedad colectiva y social de la tierra y de los medios de producción; sustitución que, por otra parte, mientras no puede hacerse por decreto, de hoy a mañana, como algunos nos acusan de querer, se va realizando de día en día, de hora en hora en forma directa y en forma indirecta.
{76} En forma directa: porque la civilización señala una continua sustitución de propiedades y funciones sociales, a las que antes eran propiedades y funciones individuales. Los caminos, los correos, los ferrocarriles, los museos, la iluminación urbana, la instrucción, etc., etc., que hasta hace pocas decenas de años eran propiedades o funciones privadas, se han hecho propiedades o funciones sociales; y sería absurdo pensar que este procedimiento directo de socialización deba detenerse justamente ahora, en vez de acelerarse progresivamente, como se va acelerando todo en la vida moderna.
En forma indirecta: como último efecto del individualismo económico que tomó el nombre de burgués, de los bravos lugareños que en la Edad Media vivían en los burgos sometidos al castillo feudal y a la iglesia parroquial —símbolos de la clase entonces dominante— y que preparados por un trabajo fecundo y consciente y por las condiciones históricas que cambiaron la orientación económica del mundo (como el descubrimiento de América) hicieron su revolución al final del siglo XVIII, conquistando con ella el poder, y escribiendo páginas de oro en la historia del mundo civil con las epopeyas nacionales y con los milagros de la ciencia aplicada a la industria . . . {77} pero que describen ahora la parábola descendente y presentan síntomas evidentes de una disolución sin la cual, por otra parte, no sería posible la inauguración de una nueva fase social.
El individualismo económico, llevado a sus últimas consecuencias, determina necesariamente la centralización progresiva de la propiedad en un número cada vez más restringido de personas. El «millonario» es palabra nueva, propia del siglo XIX, y expresa en proporciones más evidentes este fenómeno que George reducía a la ley histórica del individualismo económico, por la cual los ricos se hacen cada vez más ricos, y los pobres más pobres.