{90} Verdad es que el enciclopédico saber de Heriberto Spencer es deficiente en economía política, o por lo menos no ha dado en ese terreno pruebas tan completas como en las ciencias naturales; pero eso no impide que el socialismo, después de todo, no sea otra cosa, en su concepto animador, que la aplicación lógica de la teoría científica de la evolución natural, al orden de los fenómenos económicos.
Justamente por esto es que Carlos Marx, primero (en 1859) con la Crítica de la economía política (y también con el famoso Manifiesto de 1847, escrito por él y Engels, casi diez años antes de los Primeros principios de Spencer, y maravilloso por su potencia y por su lucidez de síntesis) y después con el Capital (1867) ha venido a completar en el campo social la revolución científica provocada por Darwin y Spencer.
Mientras el viejo pensamiento metafísico concebía la moral, el derecho, la economía, como la combinación de leyes absolutas y eternas según el modo platónico de pensar, y limitando su observación al mundo histórico, sin usar otro instrumento de indagación que la lógica fantasía del filósofo, inoculaba en el cerebro de tantas generaciones ese concepto del absolutismo de las leyes naturales, debatiéndose en el dualismo {91} de la materia y del espíritu; la ciencia positiva, por el contrario, llegando a la síntesis grandiosa del monismo, es decir, de la única realidad fenoménica —materia y fuerza inseparables e indestructibles— desarrollándose de una manera continua, de forma en forma según normas relativas al tiempo y al lugar, ha cambiado radicalmente la orientación del pensamiento moderno justamente en el sentido de la evolución universal.
Moral, derecho, política, no son más que superestructuras más que reparaciones de la estructura económica, y varían con ésta de un paralelo a otro, de un siglo a otro siglo.
Esta es la grande, la genial intuición de Carlos Marx en la Crítica de la economía política de la que más adelante examinaré la parte que se refiere a la fuente única de las condiciones económicas, pero de la que importa ahora señalar lo referente a su continua e irrefrenable versatilidad, desde el mundo prehistórico al mundo histórico y en las varias épocas de éste.
Normas de la moral, creencias religiosas, sanciones jurídicas de leyes civiles o penales, organización política, todo cambia y todo está en relación con el ambiente histórico y telúrico en que se observa.
Asesinar a sus padres es el mayor de los {92} delitos en Europa y en América; matarlos es, por el contrario, una acción obligatoria y santificada por la religión en la isla de Sumatra, así como el canibalismo es lícito en el centro del Africa y lo fue en la Europa y en la América prehistóricas.
La familia que apenas se forma transitoriamente (como entre los animales) en el comunismo sexual primitivo, se organiza en la poliandria y el matriarcado allí donde los escasos alimentos exigen un escaso aumento de población, pero pasa a la poligamia y al patriarcado cuando está donde esa razón económica fundamental no domina tiránicamente, para asumir por último en el mundo histórico la forma monogámica que es, sin duda, la mejor y la más adelantada, aun cuando necesite ser libertada del convencionalismo absolutista del vínculo indisoluble y de la prostitución disfrazada y legalizada (por razones económicas) que la manchan en el mundo actual.
¿Y sólo la constitución de la propiedad debe continuar eterna, inmutable, en esta corriente oceánica de instituciones sociales y de reglas morales, sujetas a continuas y profundas evoluciones y transformaciones?
¡Sólo la propiedad debe permanecer imperturbable e inalterable en su forma de {93} monopolio privado de la tierra y de los medios de producción! . . .