Esa es la absurda pretensión de la ortodoxia económica y jurídica, con la única concesión a las irresistibles comprobaciones de la teoría evolucionista (hecha por los progresistas o radicales tanto en la ciencia como en la política), de que puedan variarle los ornamentos accesorios, atemperarle los abusos, pero quedando siempre intangible el principio de que unos pocos individuos puedan apropiarse la tierra y los instrumentos de producción, necesarios a la vida de todo organismo social, que debería así permanecer eternamente bajo el dominio más o menos eterno de esos detentadores de la base física de la vida.
Basta exponer así, en su límpida precisión, las dos tesis fundamentales —la ortodoxa del derecho y de la economía práctica y la heterodoxa del socialismo económico y científico—, para decidir sin necesidad de más este primer punto de controversia: que en todos los casos la teoría de la evolución está de acuerdo perfecto e irrefutable con las inducciones del socialismo, mientras que, por el contrario, contradice las afirmaciones contrapuestas del inmovilismo económico y jurídico.
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IX. LA LEY DE LA REGRESIÓN APARENTE Y LA PROPIEDAD COLECTIVA.
Pero —dicen los adversarios— aun admitiendo que el socialismo, al invocar una transformación social, esté de acuerdo aparentemente con la teoría evolucionista, no se desprende de eso que sus conclusiones más precisas —entre las que figura la fundamental de la sustitución de la propiedad social o la propiedad individual— sean apoyadas por la misma teoría. Nosotros, por el contrario —se dice— sostenemos que justamente contra esa teoría científica chocan diametralmente esas conclusiones, y en consecuencia son, por lo menos, utópicas y absurdas.
Y la primera contradicción que se señala entre socialismo y evolucionismo, consistiría en que la vuelta a la propiedad colectiva de la tierra sería al mismo tiempo la vuelta a las edades primitivas y salvajes de la humanidad, y el socialismo, por lo tanto, sería en efecto una transformación, pero al revés; es decir, contra la corriente de la evolución social, que del primitivo colectivismo territorial ha llegado a la presente propiedad individual, índice de la adelantada civilización. El socialismo, por consiguiente, representaría en ese caso un regreso a la barbarie.
{95} También esta objeción tiene una parte de verdad que es innegable: la afirmación de que la propiedad colectiva (por lo menos, en las apariencias externas) será una vuelta hacia la primitiva organización social. Pero, la conclusión que de ahí se deriva, es absolutamente errónea y anticientífica, porque olvida una ley menos comúnmente observada pero no por eso menos verdadera y positiva que la evolución social.
Es una ley sociológica que un médico francés de mucho ingenio, muerto ya desgraciadamente, (Dramard) no ha hecho más que señalar a propósito de algunas afinidades entre transformismo y socialismo, y de la que me he ocupado reconociéndole toda su verdad e importancia, aun antes de inscribirme en el socialismo militante, en las páginas 420-424 de la tercera edición de mi Sociología criminal (1892) y sobre la que he insistido nuevamente en mi polémica con Morselli, a propósito del divorcio.
Esa ley de regresión aparente demuestra que es un hecho constante la vuelta de las instituciones sociales a las formas y a los caracteres primitivos.