Antes de presentar algunos ejemplos evidentes, quiero demostrar que Cognetti De Martiis, desde 1881, demostraba conocer intuitivamente {96} y de un modo vago esa ley sociológica, porque su libro sobre las Formas primitivas en la evolución económica (Turín 1881), tan notable por la abundancia, precisión y seguridad de sus datos positivos —aunque no llegara a conclusión alguna después de la riqueza de su análisis sociológico— se cerraba en las últimas líneas con una vaga referencia a la posible reaparición, en la futura evolución económica, de las formas primitivas que señalan el punto de partida.

Y recuerdo también que cuando, en la universidad de Bolonia, asistía a las lecciones de Carducci, varias veces le he oído indicar que en las formas y en el fondo de la literatura, el progreso último no es muchas veces más que la reproducción del fondo y de las formas de la literatura primitiva, greco-oriental; así como, en resumen, la teoría moderna del monismo, que es el alma misma de la evolución universal y que representa la última y definitiva disciplina positiva del pensamiento humano frente a la realidad del mundo, después del brillante vagabundear de la metafísica, no hace más que volver a los conceptos de los filósofos griegos y de Lucrecio, el gran poeta naturalista.

Pero también en el orden de las instituciones sociales son demasiado evidentes y numerosos {97} los ejemplos de este regreso a las formas primitivas.

Ya hablé de la evolución religiosa según Hartmann, por la cual, en las épocas infantiles de la humanidad, la felicidad se creía accesible en la existencia individual, después en la vida de ultratumba, y ahora tiende a volver a colocarla en la misma humanidad, pero en la serie de las generaciones por venir.

Así Spencer (Sociología, III, capítulo V) señalaba en política que la voluntad de todos —elemento soberano de la humanidad primitiva— cede paso a paso su lugar a la voluntad de uno solo y en seguida de pocos (por medio de diversas aristocracias: militares, de nacimiento, de profesión, de dinero) y tiende por último a volver a hacerse soberana con el procedimiento de la democracia (sufragio universal, referéndum, legislación directa popular, etc.)

El derecho de castigar, simple función de defensa en la humanidad primitiva, tiende a serlo de nuevo desprendiéndose de toda pretensión teológica de justicia retributiva, superpuesta por la ilusión del libre albedrío al fondo natural de la defensa, pero deshojado ahora por las observaciones típicas sobre el delito como fenómeno natural y social, que demuestran que es absurda {98} e imposible la omnisciente pretensión, del legislador o del juez, de pesar y medir «la culpa» del delincuente y equilibrar el castigo, en lugar de limitarse a segregar, temporal o perpetuamente del consorcio civil, a los individuos inaptos para él, como se hace con los locos o los atacados de enfermedades infecciosas.

Con el matrimonio pasó lo mismo: su fácil disolución en la humanidad primitiva cedió poco a poco a las imposiciones absolutas de la teología y del espiritualismo, que creen que el «libre albedrío» puede ligar eternamente el destino de una persona con un monosílabo pronunciado en momentos de tan inestable equilibrio psíquico como el período del noviazgo y de las bodas. Pero luego se impone la vuelta a la forma espontánea y primitiva del consentimiento, y la unión matrimonial, con el uso siempre creciente y cada vez más fácil del divorcio, retorna a sus orígenes, saneando la familia, que es la célula social.

Así es también con la organización de la sociedad, en la que el mismo Spencer ha tenido que reconocer la tendencia fatal de un regreso al primitivo colectivismo, después de la apropiación primero familiar y en seguida individual de la tierra —como lo ha demostrado él mismo— ha llegado a sus últimos extremos, tanto que en {99} algunos países (ley Torrens) la tierra se ha convertido en una especie de propiedad mueble, transmisible como una acción cualquiera de cualquier sociedad anónima.

He aquí, en efecto, a título de documento, lo que escribe el individualista Spencer:

«A primera vista parece poderse deducir que la propiedad de la tierra, a título absoluto, por parte de los particulares, deba ser el estado definitivo que está llamado a realizar el industrialismo. Sin embargo, aunque el industrialismo haya tenido hasta ahora por efecto la individualización de toda esta propiedad, puede discutirse que desde ahora se haya arribado al estado definitivo.