Esta forma de propiedad individual subsistirá siempre, pues, aun en el régimen colectivista, porque es inevitable y perfectamente compatible con la propiedad social de la tierra, de las minas, de las fábricas, de las casas, de las máquinas, de los instrumentos de trabajo, de los medios de transporte.

Como, por ejemplo, la propiedad colectiva de las bibliotecas —que existe y funciona a nuestra vista— no impide a los individuos el uso personal de libros raros o costosos que de otro modo no podrían tener, sino que acrecienta inmensamente su utilidad, en comparación con el mismo libro encerrado y sepultado en la biblioteca privada de {117} un bibliófilo estéril, así la propiedad colectiva de la tierra y de los medios de producción, al acordar a un individuo que deberá vivir trabajando el uso de una máquina, de un utensilio, de un campo, no hará más que centuplicar su utilidad.

Y no se diga que cuando los hombres no tengan la propiedad exclusiva, acumulable, y transmisible de la riqueza no estarán inclinados a trabajar por la falta del resorte egoísta del interés personal o familiar. Vemos, por ejemplo, también en el mundo individualista presente, que los residuos de propiedad colectiva de las tierras —que fueron tan estudiados desde que Laveleye llamó tan brillantemente sobre ellos la atención de los sociólogos— son cultivados y dan un rédito no inferior a los campos de propiedad privada, aun cuando los comunistas de tales «participaciones» o colectivistas agrarios, no tengan más que el derecho de uso y de goce de los mismos.

Y si algunos de estos residuos de propiedad colectiva —menos alejados del vórtice del individualismo mercantil— van desapareciendo y son mal administrados, el hecho no prueba nada contra el socialismo, porque se comprende que, en el orden económico actual, completamente orientado por el individualismo absoluto, esos {118} organismos no encuentran en nuestro ambiente las condiciones de una existencia posible.

Sería como pretender que un pez viva fuera del agua o un mamífero en una atmósfera privada de oxígeno.

Y he ahí por qué, entre paréntesis, son sencillamente fantásticos todos los famosos experimentos de colonias socialistas, comunistas o anarquistas que algunos intentan implantar aquí o allí como «experimento preventivo del socialismo», sin advertir que tales experimentos tienen fatalmente que abortar desde que habrían de desarrollarse rodeados de un ambiente económico y moral individualista que no les puede consentir las condiciones de desarrollo fisiológico que tendrán cuando toda la organización social se haya orientado colectivamente, es decir, cuando toda la sociedad esté socializada.

Entonces también las tendencias y las aptitudes psicológicas individuales se adaptarán al ambiente y lo reflejarán; desde que es natural que en un ambiente individualista, de libre competencia, en que todo hombre ve en su hermano, si no un adversario, cuando menos un competidor, el egoísmo antisocial tiene que ser la tendencia que fatalmente se desarrolla más, por necesidad del instinto de propia conservación, máxime {119} en estas últimas fases de una civilización lanzada a todo vapor en comparación con el individualismo pacífico y lento de los siglos pasados.

Pero en un ambiente donde, por el contrario, y en cambio del trabajo manual o intelectual dado a la sociedad, todo hombre tenga asegurado el pan cuotidiano del cuerpo y de la mente, y se vea substraído, por lo tanto, al ansia diaria de la propia existencia, es evidente que el egoísmo tendrá un número infinitamente menor de estímulos, de ocasiones y de manifestaciones, ante el sentido de la solidaridad, de la simpatía, del altruismo, y ya no será verdad la despiadada máxima homo homini lupus que, confesada o no, envenena tanto nuestra vida presente.

No pudiendo, sin embargo, detenerme más en estos detalles, concluyo el examen de esta segunda pretendida oposición entre la evolución y el socialismo, recordando que la ley sociológica —por la que la fase subsiguiente no borra las manifestaciones vitales y fecundas de las anteriores fases de evolución— da acerca de la organización social que ya está en vías de formación, una idea más positiva de lo que piensan nuestros adversarios, que creen siempre que están ante el socialismo romántico y sentimental de la primera mitad de este siglo.

{120} Y he ahí por qué, en fin, no tiene consistencia alguna esta objeción fundamental que recientemente oponía Tansú al socialismo, en nombre de un eclecticismo sociológico, erudito pero inconcluyente, a pesar del talento y los estudios de aquel eximio filósofo del derecho: