Cuando el socialismo, antes de Carlos Marx, no era más que la expresión sentimental de un humanitarismo tan generoso cuanto careciente de los más elementales principios del positivismo {128} científico, se comprende perfectamente que sus secuaces o defensores cedieran fácilmente a los impulsos del corazón, ya sea en las protestas ruidosas contra las iniquidades sociales evidentes, ya sea en la contemplación sonámbula de un mundo mejor al que la fantasía trataba de dar perfiles determinados, desde la República de Platón hasta el Looking backward (En el año 2000) de Bellamy.

Y se comprende también mejor que esas construcciones a priori debían dar asidero a las críticas, en parte erradas, porque son siempre dependientes de las costumbres mentales propias del ambiente moderno, y se olvida que serán distintas en un ambiente diverso, pero fundadas también en gran parte porque la complexidad enorme de los fenómenos sociales hace imposible cualquiera profecia de los detalles insignificantes de una vida social que será más radicalmente diversa de la nuestra que lo que la vida présentelo es de la Edad Media y de la antigüedad, por la razón de que el mundo burgués que ha sucedido a los anteriores, ha dejado la sociedad sobre los mismos puntos cardinales del individualismo; mientras que el mundo socialista tendrá una polarización fundamentalmente distinta.

{124} Esas construcciones anticipadas y proféticas de un nuevo orden social son, por otra parte, el designio genuino de ese artificialismo político y social, en que están embebidos hasta los individualistas más ortodoxos y jacobinos, que creen siempre, como observa el mismo Spencer, que la sociedad humana es una pasta a la que el artículo tot de una ley cualquiera puede dar una forma más que otra, fuera de las cualidades, tendencias y aptitudes orgánicas y psíquicas, étnicas e históricas de los diversos pueblos . . .

El socialismo continental ha dado muchos ensayos de construcción utópica; pero más ha dado y da el mundo político actual, con el fárrago absurdo y caótico de sus leyes y de sus códigos que (¡á propósito de la libertad! . . .) envuelven a todo hombre desde su nacimiento hasta su muerte y aun antes de que nazca y después de que muera, en una red inextricable de códigos, leyes, decretos, reglamentos, etc., sofocándolo como al gusano de seda en su capullo . . .

Y cada día la experiencia demuestra que nuestros legisladores, embebidos en este artificialismo político y social, no hacen más que copiarse recíprocamente las leyes de los pueblos más diversos según la moda esté por París y por Berlín, y divierten con ellas a sus países, en vez de {125} sacar de esos mismos paises los criterios positivos para adaptarles las leyes, que por eso y como sucede todos los días, siguen siendo letra muerta, puesto que la realidad de las cosas no les permite profundizar sus raíces, y regular y fecundar sus puntos vitales.

En cuanto a construcciones sociales artificiosas, los socialistas podrán repetirá los individualistas:

—¡El que esté sin pecado, que tire la primera piedra!

Pero la respuesta verdadera, irrefutable, es que el socialismo científico representa una fase mucho más avanzada de las ideas socialistas, de acuerdo precisamente con la ciencia positiva moderna, y ha abandonado por completo la fantástica idea de profetizar hoy lo que será la sociedad humana en la nueva organización colectivista.

Lo que el socialismo científico puede afirmar y afirma, con seguridad matemática, es que la dirección, la trayectoria de la evolución humana, marcha en el sentido general indicado y previsto por el socialismo, es decir, en el sentido de una continua y progresiva preponderancia de los intereses y las utilidades de la especie, sobre los intereses y las utilidades del individuo, y por {126} consiguiente en el sentido de la continua socialización de la vida económica y por ella de la vida jurídica, moral y política que de ella dependen.

En cuanto a los detalles nimios del nuevo edificio social, no podemos preverlos, justamente porque ese nuevo edificio social será y es un producto natural y espontáneo de la evolución humana, que está ya en vías de formación y cuyas líneas generales se esbozan ya en embrión, pero no es la construcción inmediata y artificial imaginada en el estudio de un utópico o de un metafísico.