Así sucede tanto en las ciencias sociales cuanto en las ciencias naturales.
Si a un biólogo le dais a observar un embrión humano que tenga sólo pocos días o pocas semanas de desarrollo, no sabrá deciros —por la conocida ley haeckeliana de que el desarrollo de todo embrión individual reproduce en conjunto las diversas formas de desarrollo de las especies que le han precedido en la serie zoológica— no sabrá deciros, repito, si será macho o hembra, ni mucho menos podrá prever si será un individuo robusto o débil, sanguíneo o nervioso, inteligente o nó.
Sabrá sólo deciros las líneas generales de la {127} evolución futura de ese individuo, dejando al tiempo la tarea de definir natural y espontáneamente —según las condiciones orgánicas hereditarias y las condiciones del ambiente en que vivirá— los detalles variadísimos de su personalidad.
Así puede y debe responder el socialista, justamente como lo hizo Bebel en el Reichstag germánico, contestando con un elocuente discurso a los que querían saber desde ahora, de los socialistas, cómo será en sus detalles el Estado futuro, y que aprovechando hábilmente la ingenuidad de los romanceros socialistas, critican sus anticipadas fantasías artificiales, verdaderas en las líneas generales, pero demasiado arbitrarias en sus detalles.
Lo mismo hubiera sucedido si antes de la Revolución Francesa —que determinó el florecimiento del mundo burgués, preparado y madurado en la evolución anterior— las clases aristocrática y clerical, en el poder entonces, hubiesen dicho a los representantes del tercer estado —burgueses de nacimiento o aristócratas y sacerdotes que abrazaban la causa de la burguesía contra los privilegios de su casta, como el marqués de Mirabeau y el abate Sieyes— hubiesen dicho, repito: «Pero ¿cómo será vuestro mundo nuevo? {128} Dadnos antes su plan preciso y luego decidiremos.»
El tercer estado, la burguesía, no hubiera sabido contestar entonces, ni hubiera podido prever el aspecto de la sociedad humana en el siglo XIX; y, sin embargo, eso no ha impedido que se realizara la revolución burguesa, porque representaba la fase ulterior, natural e inevitable de una evolución eterna, como ahora el socialismo se halla frente a frente con el mundo burgués. Y si ese mundo burgués, nacido hace poco más de un siglo, tiene un ciclo histórico mucho más breve que el mundo feudal (aristocrático-clerical), será solamente porque, habiendo los maravillosos progresos científicos del siglo XIX centuplicado la velocidad de la vida en el tiempo y en el espacio, hacen recorrer ahora a la humanidad civil en sólo diez años, el mismo camino que antes recorría en un siglo o dos de la Edad Media.
La velocidad continuamente acelerada de la evolución humana es justamente otra de las leyes establecidas y confirmadas por la ciencia social positiva.
Y de esas construcciones artificiales del socialismo sentimental es que se ha derivado y se ha radicado la impresión —justa en lo que a ellas {129} respecta— de que socialismo es sinónimo de tiranía.
Es natural: si entendéis el nuevo orden social no como la forma espontánea de la inmanente evolución humana, sino como la construcción artificial que brota del cerebro de un arquitecto social, es imposible que éste se sustraiga a la necesidad de disciplinar el nuevo engranaje con una infinidad de reglamentos y con el poder supremo de una mente directriz, individual o colectiva. Y se comprende entonces cómo semejante organización socialista deja en los adversarios —que sólo ven las ventajas de la libertad en el mundo individualista y olvidan las plagas que lo gangrenan libremente— la impresión de un convento, de una regimentación o cosa semejante.
Y otro producto artificial contemporáneo ha venido también a confirmar esta impresión —el socialismo de Estado— que es fundamentalmente lo mismo que el socialismo sentimental o utópico, y que sólo, como decía Liebknecht en el Congreso de Berlín de 1892 sería «un capitalismo de Estado que agregaría al usufructo económico la esclavitud política». El llamado Socialismo de Estado puede dar pruebas del poder irresistible de sugestión que tiene el socialismo científico y democrático —como demuestran los famosos {130} rescriptos del emperador Guillermo, convocando a una conferencia internacional— de resolver (hasta con la idea infantil del Decreto) los problemas del trabajo: o sino la famosa encíclica De conditione opificum del habilísimo papa León XIII, que da una en el clavo y otra en la herradura. Pero Rescriptos imperiales y Encíclicas papales —ya que las fases de la evolución ni se suprimen ni se saltan—, no podían sino abortar en pleno mundo burgués, individualista y liberista, al que no disgustaría destrozar el demasiado vigoroso socialismo contemporáneo en el amoroso abrazo del artificialismo oficial y del socialismo de Estado, desde que se ha comprobado en. Alemania y en otras partes, que no bastan contra aquél ni leyes ni represiones excepcionales.