Todo este arsenal de reglamentos y superintendencias no tiene nada que hacer con el socialismo científico que prevé clarísimamente que la dirección del nuevo orden social, necesaria para la administración de la propiedad colectiva, no será en manera alguna más complicada que la que ahora se necesita para la administración del Estado, de las Provincias y de las Comunas, y que por el contrario responderá mucho mejor a las utilidades sociales e individuales como producto natural —y no parasitario— del nuevo {131} organismo social; así como el sistema nervioso de un mamífero y aparato regulador de su organismo, es más complicado que el organismo de un pez o de un molusco, pero sin ninguna sofocación tiránica de la autonomía de los otros órganos y aparatos, hasta las células, en su confederación viviente.
Queda, pues, entendido, que si se quiere refutar seriamente el socialismo, no hay que repetir las acostumbradas objeciones que se refieren al socialismo artificialista y sentimental, que no niego que podrá continuar todavía en la masa nebulosa de las ideas populares, pero que cada día va perdiendo más terreno entre los partidarios conscientes —de origen popular, o burgués, o aristocrático— del socialismo científico que armado por el impulso genial de Carlos Marx de todas las más positivas inducciones de la ciencia moderna, se alza triunfante sobre las añejas objeciones repetidas todavía por nuestros adversarios sólo por costumbre mental, pero que han desaparecida ya de la conciencia contemporánea, junto con el mismo socialismo utópico que las había determinado.
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La misma respuesta sirve para la segunda parte de la objeción relativa a la manera como se realizará el advenimiento del socialismo.
{132} Es consecuencia inevitable y lógica del socialismo utópico y artificialista, pensar que la construcción arquitectónica propuesta por este o aquel reformador, deba o pueda aplicarse de un día para otro por decreto de rey o de pueblo.
Y en este sentido la ilusión utópica del socialismo empírico se halla en oposición con la ley positiva de la evolución y es, por lo tanto, equivocada. Y justamente como tal, la combatí en mi Socialismo y criminalidad, porque todavía entonces (1883) no se habían divulgado en Italia las ideas del socialismo científico o marxista.
Un partido político o una teoría científica, son también productos naturales que deben pasar por las fases vitales de la infancia y la juventud antes de llegar a su desarrollo completo. Era inevitable, por lo tanto, que antes de ser científico y positivo, el socialismo en Italia y en otros países pasara también por las fases infantiles sea del exclusivismo corporativista (de los trabajadores manuales únicamente) sea del romanticismo nebuloso que, dando a la palabra revolución un significado restringido e incompleto, se ha mantenido siempre en la ilusión de que un organismo social puede cambiarse radicalmente de un día para otro, con cuatro descargas de {133} fusilería, así como un régimen monárquico puede cambiarse en régimen republicano.
Pero cambiar la cáscara política de un orden social es inmensamente más fácil —porque es menos concluyente y menos influyente en el fondo económico de la vida social— que la diferente orientación de esta vida social en su constitución económica.
Los procesos de transformación social son, como por otra parte lo son con otros nombres, los de toda transformación de los seres vivientes: la evolución, la revolución, la rebelión, la violencia personal.
Una especie mineral, vegetal, o animal, puede pasar en el ciclo de su existencia por estos mismos procesos de transformación.