Desde que el primer núcleo de cristalización, o el germen, o el embrión aumenta gradualmente en estructura y en volumen, tenemos un proceso gradual y continuo de evolución al que, de un modo ú otro debe suceder un proceso de revolución más o menos prolongado, representado por ejemplo por el destacamiento completo del cristal de la masa mineral circundante, o por ciertas fases revolucionarias de la vida vegetal o animal, como por ejemplo el momento de la reproducción sexual, etc.; y así puede {134} presentarse cualquier momento de rebelión, es decir de violencia individual asociada, como sucede tan frecuentemente entre las especies animales que viven en sociedad; y puede suceder también la violencia personal aislada como en las luchas por la conquista del alimento o de la hembra, entre animales de la misma especie, etc.
En el mundo humano se repiten los mismos procesos, entendiéndose por evolución la transformación diaria casi desapercibida pero continua e inevitable; por revolución el período crítico y resolutivo, más o menos prolongado, de una evolución arribada a su extremo; por rebelión la violencia parcialmente colectiva, que estalla por la provocación de esta o de aquella circunstancia particular en un punto y en un momento dado, y por violencia personal, la tentativa de un individuo contra uno o varios individuos y que puede ser: o el efecto de un arrebato de pasión fanática, o la explosión de instintos criminales, o la manifestación de desequilibrio mental —con vinculaciones a las ideas más en boga en un momento dado, político o religioso—.
Ahora, la primera observación que hay que hacer es ésta: que mientras la evolución y la revolución pertenecen a la fisiología social, la rebelión y la violencia personal son, por el contrario, síntomas de patología social.
{135} Verdad es que todos son procesos naturales y espontáneos desde que, según el concepto de Virchow, renovador en gran parte de la biología moderna, la patología no es más que la continuación de la fisiología, y hasta los síntomas patológicos tienen o deberían tener gran valor diagnóstico para las clases que están en el poder, que en toda época histórica, así en los momentos de crisis política como en los de crisis social, no saben idear otro remedio que la represión personal, guillotinando o encarcelando, y figurándose haber curado con eso la enfermedad constitucional y orgánica que trabaja al cuerpo social.
Pero es de todos modos irrefutable que los procesos normales —y por eso más fecundos y más seguros aun cuando en apariencia sean más lentos y menos eficaces—, de transformación social, son la evolución y la revolución, entendida esta última en el sentido exacto y positivo de fase última de una evolución anterior, y no convirtiéndola en sinónimo de una rebelión tumultuosa y violenta como por lo común se piensa equivocadamente.
En efecto, es evidentente que al finalizar el siglo XIX, Europa y América se encuentran ya en un período de revolución preparada por la {136} anterior evolución fecundada por la misma organización burguesa, y continuada por el socialismo primero utópico y después científico, por la cual no sólo estamos ahora en ese período crítico de vida social que Bagehot llamaba «la edad de la discusión» sino que se advierte ya aquello que Zola, en su maravilloso Germinal, llamó el estallido del armazón político-social, por todos los síntomas que casi con la mismas palabras describe Taine en su Ancien Régime, narrando los veinte años anteriores a 1789. Síntomas por los cuales —produciéndose aquí y allí por las grietas del terreno social, fugas parciales de vapores y gases volcánicos— se tiene indicio de que toda la corteza terrestre se rinde a la presión de una revolución interna, contra la cual de nada valdrán las medidas represivas sobre esta o aquella grieta, mientras que podrían ser eficasísimas y fecundas en bienes todas las sabias leyes de reforma y previsión que, aun cooperando al presente, hicieran menos doloroso «el parto de la nueva sociedad», como decía Marx.
Y he aquí por qué, entendidas en este sentido positivo, la evolución y la revolución se presentan como los procesos más fecundos y más seguros de metamorfosis social.
Justamente porque la sociedad humana es un {137} organismo natural y viviente, como cualquier otro no puede sufrir transformaciones inmediatas y de improviso, como lo imaginan aquellos que sostienen que se debe recurrir solamente, o en precedencia a la rebelión o a la violencia personal para la realización de un nuevo orden social. Sería como pretender que un niño o un joven pudieran llenar en un día una evolución biológica dada —aunque sea en el período revolucionario de la pubertad— para convertirse inmediatamente en adulto.
Se comprende, sin embargo, que el desocupado, bajo los espasmos del hambre o en el agotamiento cerebral por la falta de alimentación, o en los ensueños de la ignorancia, pueda imaginarse que dando un puñetazo a un guardia de seguridad, o arrojando una bomba, o haciendo una barricada o un motín, se acercará a la realización de un ideal de menor iniquidad social.
Y aun fuera de este caso, se comprende que la fuerza impulsiva del sentimiento, al prevalecer en ciertos hombres, pueda empujarlos por generosa impaciencia a cualquier tentativa, aunque sea real y no imaginaria como las que han presentado siempre las policías de todos los tiempos y de todos los lugares, a la represión de los tribunales —para secundar la manía o el terror {138} pánico de los que sienten escapárseles de las manos el poder político o económico—.