Pero la táctica del socialismo científico, especialmente en Alemania por la influencia más directa del marxismo, ha abandonado por completo estos viejos métodos del romanticismo revolucionario, que repetidos tantas veces han abortado siempre y son por eso, en sustancia, menos temidos por las clases dominantes porque son leves sacudimientos localizados contra una fortaleza que tiene todavía consistencia más que suficiente para quedar victoriosa de ellos, y asegurarse con la victoria del momento el retardo de la evolución, mediante la selección eliminadora de los adversarios más audaces y más fuertes.
El socialismo marxista es revolucionario en el sentido científico de la palabra, y se desenvuelve ahora en plena revolución social, porque nadie negará que el final del siglo XIX señala la fase crítica de la evolución burguesa lanzada a todo vapor, más en otras partes que en Italia, por el camino del capitalismo individualista.
Y el socialismo marxista tiene la franqueza de decir, por boca de sus representantes más cultos, a la gran falange dolorosa del proletariado moderno, que no tiene la varita mágica para {139} cambiar el mando de un día para otro cómo se cambian las decoraciones de teatro al levantar el telón; pero dice también, con el fatídico grito de reunión que Marx lanzaba al mundo de los trabajadores: ¡Uníos, proletarios del mundo entero!, dice que la revolución social no puede llegar a su término si antes no se ha madurado en la conciencia de los trabajadores mismos, con la visión clara de sus intereses de clase y de su fuerza inmanente cuando están unidos, y no con la creencia de poder despertar un día en pleno régimen socialista, sólo porque permaneciendo inertes y divididos 364 días del año se les pusiera en la cabeza el 365º, entregarse a cualquier rebelión o a cualquier violencia personal.
Esta es la psicología que yo llamo «terno a la lotería», por la que justamente, los trabajadores y todos los heridos por la miseria, sueñan —sin hacer nada por constituirse en partido consciente de clase—, en poder un bello día ganar el terno a la lotería de la revolución social, así como se dice, les cayó el maná del cielo a los judíos.
El socialismo científico demuestra, pues, cómo la potencia transformadora va menguando de uno a otro proceso: a medida que de la evolución se pasa a la revolución, de ésta a la rebelión y de ésta a la violencia personal. {140} Justamente porque se trata de una transformación de la sociedad entera en su base económica y por lo tanto en sus organizaciones jurídicas, políticas y morales, por eso también el proceso de transformación es más eficaz y adaptado cuanto más social y menos individual es.
Los partidos individualistas son también personalistas en la lucha diaria, el socialismo, por el contrario, es colectivista en esta misma, porque sabe que el orden actual no depende de éste o de aquel individuo, sinó de la sociedad entera. Y he ahí por qué, en el hecho opuesto, la beneficencia, siendo, aunque generosa, necesariamente personal o parcial, no puede ser un remedio a la cuestión social y por lo tanto colectiva, de la distribución de la riqueza.
En la cuestión política que deja intacta la base económico-social, se comprende cómo el destierro de Napoleón III o de D. Pedro II puede instaurar una república. Pero esa transformación superficial no tocará al fondo de la vida social y el Imperio Alemán o la monarquía italiana son socialmente burgueses como la República Francesa o los Estados Unidos; porque a pesar de las diferencias de barniz político pertenecen a la misma fase económico-social.
Por eso es que los procesos: evolución y {141} revolución, los únicos completamente sociales o colectivos, son los más eficaces, mientras que la rebelión parcial y mucho más la violencia personal no tienen en sí más que una alejadísima energía de transformación social, y por el contrario encierra tanta parte anti-social y anti-humana, despertando los instintos primitivos de la sangre y del fratricidio, y junto a la persona del herido ofenden al mismo principio en que se creen inspirados: el principio del respeto a la vida humana y de la solidaridad.
Poco importa hipnotizarse con las frases de la «propaganda de hecho» o de la «acción inmediata».
Como se sabe, los anarquistas que son individualistas o «amorfistas», admiten como medio de transformación social la violencia personal, que va del homicidio al hurto hasta entre compañeros, y que no es, entonces, evidentemente, más que un barniz político dado a instintos criminales que no es posible confundir con el fanatismo político que es un fenómeno muy diverso y común a los partidos extremos y románticos de todas las épocas. Y sólo el examen positivo de cada caso particular puede, con ayuda de la antropología y de la psicología, decidir si el autor de esta o aquella violencia personal es un {142} delincuente nato, un delincuente loco o un delincuente por pasión y fanatismo político.