En efecto, he sostenido siempre y sostengo hoy, que el «delincuente político» de quien algunos querrían hacer una categoría especial, no constituye una variedad antropológica, sino que puede pertenecer a cualquiera de las categorías antropológicas de delincuentes comunes y especialmente a una de estas tres: o delincuente nato por tendencia congénita, o delincuente loco, o delincuente por impulso de pasión fanática.
La historia del pasado y la de esta misma época nos ofrece ejemplos evidentes.
Así como en la Edad Media las creencias religiosas preocupaban la conciencia universal y daban color a los excesos criminales o dementes de muchos desequilibrados, o también determinaban realmente casos de «santidad» más o menos histérica, así al finalizar nuestro siglo, las cuestiones político-sociales que preocupan con mayor violencia la conciencia universal —que se exalta también con el mayor contagio universal producido por el periodismo con su gran réclame— son las que dan color a los excesos criminales o dementes de muchos desequilibrados, o determinan también casos de fanatismo en hombres verdaderamente honestos pero hiperestésicos.
{143} Y las cuestiones político-sociales en su forma extrema asumida en cada momento histórico, son naturalmente las que tienen con mayor intensidad esa energía sugestiva. Sesenta años ha, en Italia, era el mazzinianismo o el carbonarismo; hace veinte años el socialismo; ahora el anarquismo . . .
Y así se comprende cómo se han cometido violencias personales en todo tiempo y según el color del tiempo . . . Orsini, por ejemplo, figura entre los mártires de la revolución italiana.
Ahora, aparte de los juicios inevitablemente erróneos dictados por la emoción del momento, la decisión sobre cada caso de violencia personal, no debe ser sino el fruto de un examen fisio-psíquico sobre su autor, como para cualquier otro delito.
Orsini fue un delincuente político por impulso de pasión. Entre los anarquistas bombardeadores o apuñaleadores de nuestros días, puede encontrarse tanto el delincuente nato —que disfraza sin embargo su congénita carencia de sentido moral o social con el barniz político— cuanto el delincuente loco o matoide, que refiere su desequilibrio mental a las ideas políticas del momento, así como puede encontrarse también el delincuente por pasión política, verdaderamente {144} convencido y bastante normal, en quien se determina el acto violento sólo por el falso concepto (qué el socialismo combate) de una posible transformación social mediante la violencia personal.
Sea como sea, trátese de delincuente nato o loco, o también de delincuente político por impulso pasional, no deja de ser verdad que la violencia personal, adoptada por los anarquistas individualistas, al mismo tiempo que es el producto lógico del individualismo llegado a los extremos y lo es por lo tanto de la actual organización económica llegada a sus extremos —con el relativo «delirio del hambre» aguda o crónica— es el medio menos eficaz y más antihumano de transformación social.
Pero, además de los anarquistas individualistas, o amorfistas, o autonomistas, hay también los anarquistas comunistas.
Estos repudian la violencia personal como medio ordinario de transformación social (y hace poco lo declaraba, entre otros, Merlino en su opúsculo Necesidad y base de un acuerdo); sin embargo estos anarquistas comunistas disienten del socialismo marxista, no sólo en el ideal último, sino también y sobre todo en el método de transformación social, que combatiendo a los socialistas marxistas como «legalitarios» y {145} «parlamentaristas», sostienen que el medio más eficaz y seguro de transformación social es la rebelión.