Con estas afirmaciones que responden demasiado bien a la nebulosidad de los sentimientos e ideas de una crecidísima parte de los trabajadores y a la impaciencia de su situación miserable, podrán tener un inconsciente influjo momentáneo; pero su acción tiene que ser transitoria como espuma en el agua, así como el estallido de una bomba puede producir cierta momentánea emoción, pero no hace avanzar un paso la evolución de las conciencias hacia el socialismo, mientras que por el contrario determina una reacción del sentimiento, en gran parte sincera, pero también hábilmente fomentada y usada como pretexto de represión.
Decir a los trabajadores que deben rebelarse contra las clases que tienen el poder, sin preparación no sólo de medios materiales sino también de solidaridad y de conciencia moral, es más bien servir los intereses de esas clases dominantes, porque tienen la seguridad de la victoria material, puesto que la evolución no está madura y la revolución no está pronta.
Por eso, a pesar de todas las mentiras interesadas, se ha visto en los recientes movimientos {146} de Sicilia, que allí dónde el socialismo estaba más avanzado no han ocurrido ni violencias personales ni rebeliones, como entre los labriegos de Piana dei Greci, educados en el socialismo consciente por Nicolás Barbato; mientras que esos movimientos convulsivos se han presentado o fuera de la propaganda socialista como rebelión contra las vejaciones y las comunas municipales, o allí donde la propaganda socialista menos consciente fue ultrapasada por los impulsos del hambre y de la miseria.
La historia enseña que los países donde las rebeliones han sido más frecuentes, son aquellos cuyo progreso social está menos avanzado; justamente porque las energías populares se agitan y se despedazan en esos excesos febriles y convulsivos, y alternándose con períodos de enervación y de desconfianza —a que responde la teoría budista de la abstención del voto, tan cómoda para los partidos conservadores— no representan ninguna continuidad de esa acción consciente, en apariencia más lenta y menos eficaz, pero en realidad la única que sepa realizar esos que parecen los milagros de la historia.
Y por eso el socialismo marxista de todos los países ha proclamado que el medio principal de transformación social debe ser la conquista de los {147} poderes públicos (en las administraciones locales y en los parlamentos), como uno de los efectos de la organización consciente de los trabajadores en un solo partido de clase; mientras que a medida que se haga más intensa y extensa esa organización, otros serán sus efectos, verdaderamente revolucionarios en el sentido positivo ya explicado. Cuánto más progrese en los países civilizados la organización política de los trabajadores, tanto más verán realizarse, por evolución fatal, la organización socialista de la sociedad, primero con las concesiones parciales pero cada vez más amplias de la clase capitalista a la clase trabajadora (ejemplo elocuente: la ley de las 8 horas) y después la transformación completa de la propiedad individual en propiedad social.
Que esta transformación integral que, preparándose por evolución gradual, se acerca al momento crítico y resolutivo de la revolución social, pueda después realizarse con o sin el concurso de los demás medios de transformación —rebelión y violencia personal— es lo que nadie puede profetizar.
Nuestra sincera aspiración es que la revolución social se realice cuando esté madura la evolución, pacíficamente, como tantas otras {148} revoluciones que se han hecho en paz, sin derramar una gota de sangre: ejemplo: la Revolución inglesa que precedió un siglo con el Bill of Rights a la Revolución francesa; como la Revolución italiana hecha en Toscana en 1859; como se hizo la Revolución brasileña, con el destierro del emperador D. Pedro en 1892.
Y es evidente que la más difundida cultura del pueblo y su organización consciente en partido de clase bajo la bandera del socialismo, no hacen sino aumentar las probabilidades de esa aspiración nuestra, y desvanecer también las añejas previsiones de un período de reacción después del advenimiento del socialismo, que sólo tendrían razón de ser si el socialismo fuese todavía utópico en sus medios de acción, en lugar de ser, como es, la fase natural y espontánea y por lo tanto inevitable e irrevocable, de la evolución humana.
¿Y dónde comenzará esta revolución social?
Estoy firmemente convencido que mientras los pueblos latinos, como meridionales, tienen mayor facilidad para las rebeliones sobresaltadas y pueden lograr transformaciones puramente políticas, los pueblos septentrionales, alemanes o anglo-sajones, están más dispuestos a la disciplina tranquila pero inexorable de la verdadera {149} revolución, como fase crítica de anterior evolución orgánica y gradual, único proceso eficaz de una transformación verdaderamente social.