Pero cuando se abordaba la cuestión político-social, la nueva ciencia de la sociología era atacada por una especie de sueño hipnótico, y permaneciendo suspendida en un limbo incoloro e inodoro, permitía que los sociólogos fueran, tanto en economía pública como en política, ya conservadores, ya radicales, según su capricho y sus tendencias personales.

Y mientras la biología darwinista con el estudio de las relaciones entre el individuo y la especie, y la misma sociología evolucionista, al determinar en la sociedad humana los órganos y las funciones de un verdadero organismo viviente, reducían al individuo, en el organismo social a la proporción relativa de una célula en el organismo animal, Heriberto Spencer se declaraba {155} anglicanamente individualista, hasta el anarquismo teórico más absoluto.

Era por lo tanto inevitable una estagnación de la producción científica de la sociología, después de las primeras observaciones originales de anatomía social descriptiva y de historia natural de las sociedades humanas. La sociología representaba así una detención del desarrollo en el pensamiento científico experimental, porque sus cultores, consciente e inconscientemente, se retraían de las conclusiones lógicas y radicales que la revolución científica moderna debía llevar inevitablemenle al campo social —que es el que interesa más, si el positivismo quiere hacer la ciencia por la vida, antes que detenerse en la formula onanista de la ciencia por la ciencia—.

E1 fácil secreto de este fenómeno extraño, no sólo consiste, como apuntaba Malagodi, en que la sociología se encuentra en el período del análisis científico, antes de llegar a la síntesis, sino sobre todo en que las consecuencias lógicas del darwinismo y del evolucionismo científico, aplicadas al estudio de la sociedad humana, conducen inevitablemente al socialismo, como lo he demostrado en estas páginas.

* * * * *

{156}

XIII. MARX COMPLETA A DARWIN Y SPENCER. CONSERVADORES Y SOCIALISTAS.

Sin embargo, el mérito de haber dado expresión científica a estas aplicaciones lógicas del experimentalismo científico en el terreno de la economía social, aunque envuelta en un fárrago de detalles técnicos y de fórmulas en apariencia dogmáticas —como por otra parte ocurre en los Primeros Principios de Spencer en que los luminosos párrafos sobre la evolución están envueltos por la niebla de las abstracciones sobre el tiempo, el espacio, lo incognoscible, etc.— pertenece a Carlos Marx. Y su obra científica ahogada hasta hace pocos años por una especie de conspiración del silencio de parte de la ciencia ortodoxa, resplandece ahora con luz inextinguible y lo coloca incontestablemente junto a Carlos Darwin y Heriberto Spencer, completando la trinidad de la revolución científica que agita en los extremecimientos de una nueva primavera intelectual, el pensamiento civil de la segunda mitad del siglo XIX.

Son especialmente tres las ideas geniales con que Carlos Marx completaba la revolución {157} provocada por la ciencia positiva en el terreno de la economía política.

El descubrimiento de la ley de la supervalía, en que, sin embargo, prevalece un carácter técnico —como explicación positiva de la acumulación de la propiedad privada desligada del trabajo—, sobre lo que no hay que insistir, pues se ha dado una idea elemental en las páginas anteriores.