—Eso es lo que yo decía,—dijo, abriendo el paquetito con sus manos temblorosas.—También hay un militar, un oficial ó un general, que quiere casarse con Margarita. Pero yo digo: no, ella es una rosa y debe casarse con un clavel... Toma uno,—añadió acercándose á Anania y alargándole los confites; pero él dió un paso hacia atrás, mientras el gatito trataba de meter sus patitas en el paquete.
—¡Apesta usted como un tonel! ¡Fuera de ahí!
Nanna tropezó; algunos confites cayeron y rodaron por el suelo.
—¡Clavelito mío!—dijo cariñosamente, á pesar de las palabras duras de Anania.—¡Tú eres el clavel de Margarita! ¿De modo que te marchas? Ve, estudia y vuelve hecho un señor doctor.
Anania se inclinó hacia el suelo para recoger los confites; después se echó á reir y dijo todo contento:
—Así me cogerán las muchachas, ¿verdad?
Y se puso á bailar con el gatito entre los brazos. Pero de pronto se puso sombrío.
¿Quién sería el militar que quería casarse con Margarita? ¿Tal vez aquel capitán que en el teatro le había dicho con desprecio: «¡Á ver si se calla!»? De pronto pasó por su mente una visión horrible: Margarita esposa de un hombre joven y rico. ¡Margarita perdida para siempre!
Colocó el gatito en el suelo, huyó á encerrarse en su cuarto y se asomó á la ventana. Parecíale que se ahogaba. No había tenido celos jamás, ni nunca había pensado que Margarita pudiese casarse tan pronto.
—No, no,—pensaba, estrechando y sacudiendo su cabeza entre las manos;—no debe casarse. Es necesario que espere, hasta que... ¿Por qué debe esperar? Yo no podré casarme nunca con ella. Soy un bastardo, soy el hijo de una mujer perdida. Yo no tengo más misión que buscar á mi madre y sacarla del abismo en que se encuentra... Margarita no puede descender hasta mí; pero hasta que no haya terminado mi misión tengo necesidad de ella, como de un faro. Después podré morir contento.